Sheinbaum: ¿se reconoce?

Jalisco /

La credibilidad es un recurso que se agota rápidamente en la política. En una sociedad atravesada por la desconfianza, creer en la política es casi una función de los ilusos. Y la credibilidad, o lo que queda de ella, es el resultado de una fórmula sencilla: convicciones + acciones. Qué tanto la realidad de sus decisiones se ajusta a las palabras de un gobernante. Es lo que llamamos coherencia política. No obstante, vivimos un momento en donde parece que debemos elegir a quien sea menos incongruente. Al político que se atreva, aunque sea mínimamente, a defender sus convicciones y lo que le propone a la ciudadanía. El mal menor.

Claudia Sheinbaum es el ejemplo de la incongruencia política. Tal vez desde Vicente Fox, nadie había llegado con un capital político más holgado. La primera mujer en gobernar un país marcado por su machismo. El candidato (a) más votado en la historia del país. Una política que parecía alejarse de la polarización y la intolerancia de su antecesor. No obstante, Sheinbaum se ha convertido en todo aquello que criticó y que se comprometió a no repetir. La mujer progresista, feminista y científica ha dado lugar a una gobernante cantinflesca y voluble. Una gobernante que como dice una cosa dice otra. Y en donde la improvisación se impone a la planeación.

Este pasado 8 de abril, Claudia Sheinbaum confirmó que su intención es legalizar las prácticas de fracking en México. El fracking es una técnica de extracción de gas y petróleo que consiste en inyectar agua, arena y químicos a alta presión en el subsuelo para fracturar la roca y liberar los hidrocarburos atrapados en ella. Su impacto medio ambiental es bestial y eso ha llevado a que se erija un movimiento mundial que condena el fracking. Francia, España, Irlanda, Reino Unido, Costa Rica, Uruguay, Nueva Zelanda y una veintena de países más han prohibido la técnica de extracción de energéticos. El impacto no sólo es insustentable en términos ambientales, sino que también consume una cantidad de agua que es insulto en un país en donde los periodos de sequía son cada vez más prolongados y el cambio climático amenaza con la desertificación de amplias zonas del país.

López Obrador prohibió el fracking. A pesar de su amor por las energías sucias, el expresidente dejó en claro que no permitiría el fracking. Lo que habla bien de él. Es increíble que un nacionalista revolucionario enamorado de Pemex como López Obrador tenga más conciencia medioambiental que una mujer que ha hecho su carrera desde el progresismo y el combate a los efectos de la crisis climática. Me cuesta reconocer a Claudia Sheinbaum cuando privilegia el suministro barato de gas a cualquier otro criterio que tenga que ver con la protección del medio ambiente. ¿Es la soberanía nacional más importante que la protección del medio ambiente? ¿Existe futuro en México si pisamos cualquier consenso verde por acceder a energéticos producidos en el país?

No obstante, en esta vida hay más sorprendidos que sorpresas. Sheinbaum ya ha demostrado su incongruencia en otra arena como su supuesto feminismo. Está muy bonito repetir frases a diestra y a siniestra en donde ella afirma que “llegamos todas”, pero después se encargue de hacer todo lo posible para debilitar las reivindicaciones de las mujeres en las marchas por el 8M. La primera Presidenta de México ha hecho prácticamente nada por impulsar un país más justo entre hombres y mujeres. Ni siquiera con las madres de los desaparecidos. La frialdad e incluso la falta de empatía ha sido su característica como gobernante. O como dijera Groucho Marx: estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros.

Lo mismo lo podemos decir en materia de derechos laborales. No se ha cansado de repetir que está del lado de los trabajadores. Que el suyo es un gobierno de izquierda y, sin embargo, Morena le ha puesto freno a la implementación automática de la jornada de 40 horas laborales en el país o la posibilidad de que existan dos días de descanso por semana. La mujer progresista en contra de las movilizaciones de las mujeres, de los derechos laborales y a favor de la destrucción medioambiental. De verdad, ¿la Presidenta se reconoce? ¿Se dice de izquierda porque defiende a los dictadores de Cuba o de Nicaragua?

Incongruencias similares se repiten en temas migratorios, la defensa de los derechos humanos, los acuerdos por el Plan B o el combate al flagelo de las desapariciones en México. A veces me gusta imaginar, qué diría Claudia Sheinbaum –como activista y académica– frente a las decisiones que toma Claudia Sheinbaum como jefa del ejecutivo. Seguramente no se reconocería.


  • Enrique Toussaint
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