Desde muy joven me interesé en la política, influido por algunas lecturas y sobre todo por mi padre. Decidí desde aquellos años que siempre militaría en la izquierda, porque era este pensamiento ideológico el que tenía por objetivo la justicia, la igualdad y el reconocimiento de derechos para todas y todos.
Incursioné en política estudiantil, fue un paso muy enriquecedor porque me formó y me enseñó a escuchar, a observar, a tener sensibilidad social, a dialogar, a tomar decisiones y a construir acuerdos para resolver problemas. Entendí desde aquellos años que la política era un instrumento valioso para gestionar los conflictos y disminuir las vergonzosas brechas de desigualdad en nuestro país.
Seguí de cerca las elecciones de 1988. Viví con emoción la posibilidad del cambio de régimen, y también sufrí la terrible frustración del fraude electoral. En ese momento clamábamos porque el gobierno no interviniera, que hubiera condiciones de equidad en la contienda, y sobre todo que los votos se contaran. La respuesta del gobierno fue la caída del sistema. El que orquestó el fraude desde la secretaría de gobernación fue Manuel Bartlett, quien hoy paradójicamente acompaña al presidente en la CFE.
Tenía 15 años y platicaba con mi padre de la urgente necesidad de cambiar el régimen. Muchas personas y organizaciones ya lo habían intentado y fracasado.
Afortunadamente en nuestro país se optó por la vía del cambio institucional, se siguió la ruta de la transición a la democracia a través de la transformación de las reglas e instituciones electorales. Así se creó el IFE, y se inicia un largo camino de reformas electorales que fueron democratizando los procesos electorales.
No obstante la importancia de crear un instituto especializado que organizara las elecciones, no es hasta la reforma de 1996 en la que el órgano electoral cobra autonomía del poder ejecutivo federal y, casual, o mejor dicho, causalmente, en la elección de 1997 por primera vez el PRI pierde la mayoría en la cámara de diputados y también gana Cuauhtémoc Cárdenas la primera elección como Jefe de Gobierno del Distrito Federal, acompañado por Andrés Manuel López Obrador como dirigente del PRD.
Así llegamos al 2000, con la buena noticia que el PRD refrenda su triunfo en la capital del país, ahora con López Obrador a la cabeza, y también se logra la alternancia del PRI que había gobernado más de 70 años. La mala noticia es que gana el panista Vicente Fox, y no realiza los cambios para modificar el sistema de fondo.
Desde la elección en 2006 me involucré de forma directa en el proceso electoral apoyando a López Obrador. Participé como candidato a diputado en el distrito 1 en Jalisco. De nuevo padecí la injusticia de una intervención presidencial para imponer en la presidencia a su sucesor, Felipe Calderón.
Ahí comenzamos mal. Todo estaba listo. Andrés Manuel era llamado a ser el líder de la resistencia, pero algo pasó, alguien lo convenció y se autonombró presidente legitimo. Nunca lo entendí, muchos lo quisieron explicar, pero se equivocó.
López Obrador y muchos otros impulsaron de nuevo reformas para hacer más equitativos los procesos electorales, para que el dinero no definiera quien ganara, y que se redujera y sancionara la intervención del gobierno. Recorrió el país. Su desesperación por la derrota lo llevó a ser más impositivo, prácticamente decidía todas las candidaturas. Aún así participamos con él en 2009. Ya para ese momento existían muchas señales que no me gustaban, que empezaban a mostrar a un Andrés Manuel autoritario, un líder que quería decidirlo todo.
Hoy Andrés Manuel está replicando exactamente lo que tanto criticó y por lo que tanto luchó durante muchos años. Se le olvidó que hay otras generaciones antes y después que él que hemos luchado y seguimos luchando por construir un país más justo y más democrático.
Con preocupación observo que se le están olvidando las tres décadas y las muchas vidas que nos ha costado crear un organismo autónomo que organice las elecciones. Se le está olvidando que a pesar de que desde 1977 en nuestra Constitución se consagra el derecho a la información, es hasta 2001 cuando tenemos una ley secundaria que dio vida al entonces IFAI, hoy INAI, que está sufriendo los embates para su desaparición desde el poder presidencial.
Hoy vemos con decepción y molestia como las compras se hacen a través de asignaciones directas y no con licitaciones, y cómo la información de muchas decisiones se reserva para que la ciudadanía no pueda conocer montos, condiciones y detalles.
Hoy más que nunca le debemos recordar al presidente que es urgente dejar de atentar contra la democracia, contra la transparencia. Hoy en México queremos un presidente fuerte que se encargue del ejecutivo y que tome las mejores decisiones para el país, pero no que intervenga en las elecciones.
México es un país más grande que una sola persona, que una sola visión. Cuando las personas fallan, es cuando más debemos trabajar en fortalecer nuestras instituciones. Nuestra riqueza democrática la podemos encontrar en los consensos, pero también en los disensos. Somos un país diverso y plural, es por eso que hoy lamento que nuestro presidente se esté convirtiendo exactamente en lo que más odiaba.