Con Claudia al Zócalo

Ciudad de México /

No he de faltar este viernes a la cita. Desde hace muchos años —casi 50— unas veces con mi cámara al hombro, otras sin ella, he marchado hasta el Zócalo de la Ciudad de México. 

A las y los maestros, a las madres y padres de la Guardería ABC, a los estudiantes, a los electricistas, a las víctimas de la represión del viejo régimen autoritario, a los campesinos, a quienes luchan por la paz, la democracia y la justicia, he acompañado hasta esa plaza. 

Nos la negaron muchas veces, es cierto; nos cerraban el paso los granaderos, pero pudo más la terquedad; la decisión de construir un México distinto. Éramos, a veces, tan solo unos cuantos, y luego fuimos finalmente, las y los suficientes para tomarnos la plaza y tomarnos Palacio. 

Ahí, en esa plaza, vi nacer y crecer al movimiento social que fue capaz de derrotar, en las urnas y con votos, pacífica y democráticamente, a uno de los regímenes más represivos, corruptos y longevos de la historia moderna. 

Ahí vi consolidar su liderazgo al frente de ese movimiento y entrar a Palacio por primera vez ya como presidente de la República a Andrés Manuel López Obrador. Por muerto le dieron cuando, en 2006, le robaron la presidencia y en el 2012 cuando la compraron. Se equivocaron quienes eso creyeron. Fallaron quienes apostaron a destruirlo política y mediáticamente; Andrés Manuel es de esos que no se rinden jamás. 

A esa misma estirpe de luchadores infatigables. De misma pasta está hecha Claudia Sheinbaum a quien, desde hace años he visto marchar, crecer, vencer, gobernar, hacer historia junto a López Obrador y a quien este viernes, en el arranque de su campaña presidencial, habré de acompañar a esa, que diría Pablo Milanés, “hermosa plaza liberada”. 

Se equivocan esas y esos que en los medios profetizan un nuevo “maximato”. Nada entienden de la naturaleza de este movimiento, único en la historia, que impulsa la primera revolución pacífica, radical, que se produce en libertad y que se juega la vida en las urnas. 

Que López Obrador, al terminar su mandato, desaparezca para siempre de la vida pública y no pretende ser el poder tras el trono. Que Claudia no proceda a distanciarse dramáticamente de él e incluso a lincharlo como hacían los presidentes en el viejo régimen con sus antecesores para poder gobernar, les parece —a la mayoría de los “líderes de opinión”— inconcebible. 

Cegados por la soberbia y la ignorancia, el machismo y la misoginia los sentencian, a ambos, y tras un juicio sumario, a repetir los mismos y viejos rituales sexenales. 

Imposible les resulta a quienes fueron, en cierta medida, domesticados intelectualmente por el régimen neoliberal, concebir formas de comportamiento distintas a las que durante décadas imperaron en México. 

Con las manos vacías se va Andrés Manuel. Con las manos vacías llega y se irá después Claudia. 

Ambos saben que solo desde la “justa medianía” de la que hablaba Juárez ha de gobernarse y ambos saben que quien se apega al poder se pierde a sí mismo y hace al pueblo, único ante el cual debe el gobernante someterse, perder la libertad. 

Uno se va, la otra llega. Los ideales, por los que juntos lucharon, se mantienen así como el aliento vital que los hermana. “Aun a riesgo de parecerles cursi —sostenía el Che Guevara y viene a cuento— he de decirles que la revolución es sobre todo obra de amor”.  

No tendrá Claudia que llenar los zapatos de Andrés Manuel; bastará con que se ponga los suyos y en tacones y por la misma puerta entre, como la primera Presidenta de la República, a Palacio Nacional para seguir haciendo historia. 


  • Epigmenio Ibarra
  • Periodista y productor. Fundador de la prodcutora Argos. Corresponsal de guerra entre 1980 y 1990 / Escribe todos los miércoles su columna "Itinerarios"
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