Pocos países en el mundo han enfrentado en el pasado y enfrentan hoy día tantas “amenazas existenciales claras y presentes” como México. Su riqueza, su posición geográfica; soporte del norte, puerta hacia el sur, costados que se abren a los dos océanos lo han hecho pieza de conquista para imperios del pasado y del presente.
En 1829, cuando apenas iniciaba México su vida independiente, España, que luego de exterminar pueblos y civilizaciones enteras lo saqueó 300 años, trató de reconquistarlo. Fracasó. Su fuerza invasora fue derrotada al desembarcar en Tamaulipas. No sucedió lo mismo con los ejércitos de los Estados Unidos que en 1846 invadieron nuestro territorio.
No serían nuestros vecinos del norte el imperio más poderoso de la historia si no nos hubieran despojado de más de la mitad de nuestro territorio y del litoral norte del océano Pacífico. Cumplieron así, con esa guerra que el propio General Ulysses Grant consideraba “una de las más injustas y malvadas jamás libradas”, con su “destino manifiesto”.
Vendrían después, de la mano de los conservadores mexicanos que suplicaron a Napoleón III imponer a sangre y fuego a Maximiliano, 30,000 soldados franceses. No se enfrentaron esta vez a un traidor como Santa Anna, sino a Benito Juárez y los liberales quienes al expulsarlos de México mandaron un mensaje a los imperios de la tierra.
Con el siglo XIX terminaron las invasiones y los Estados Unidos encomendaron el trabajo sucio a traidores locales: en 1913, Victoriano Huerta dio un golpe de Estado y asesinó a Madero. En 1986, el PRI y el PAN hundieron al país en la noche del neoliberalismo. En 2006, Felipe Calderón se robó la presidencia e impuso la sangrienta e inútil guerra contra el narco. Hoy, que se reedita la doctrina Monroe, usan de nuevo a panistas y priistas: los manda llamar a Washington, hacen que le abran las puertas a la CIA en Chihuahua, les ordenan ir a Europa, los utilizan aquí para preparar una intervención.
Con nuestro pasado, ante nuestro presente, el patriotismo en México no es opcional; es un deber vital, inclaudicable como la defensa de la soberanía nacional. Memoria, conciencia y dignidad han de ser nuestro escudo, porque “a un pueblo que conoce su historia y conoce su fuerza —como dice Claudia Sheinbaum Pardo— nadie lo detiene”.