Incansable, impecable, implacable, así es Claudia Sheinbaum Pardo, la primera presidenta de la historia de México; un país donde el desaseo, la laxitud y la inconsistencia han caracterizado, desde hace décadas, a los gobernantes y a la clase política. Por eso yerran tan radicalmente quienes en los medios de comunicación o en la arena política la juzgan —hablo tanto de amigos como de adversarios—, y es que con los ojos del viejo régimen la ven.
Que aquí se ha producido una ruptura radical, un cambio de régimen estructural y profundo y que Claudia es al mismo tiempo resultado, expresión y protagonista de esa transformación inédita en la historia, es algo que ni comentócratas ni analistas ni opositores parecen dispuestos a aceptar. Contra la voluntad popular tumultuariamente expresada en las urnas, en 2018 y en 2024, se rebelan; contra los anhelos, por los que se ha luchado en este país desde los tiempos de la independencia, pasando por la reforma y la revolución se alzan; por eso la Presidenta les resulta indescifrable.
No la ven como la responsable de gestionar un nuevo pacto social. No comprenden por tanto la urgencia con la que actúa; la necesidad que tiene de resarcir los daños causados por los 36 años de neoliberalismo y al mismo tiempo avanzar con paso rápido, firme y sostenido. No se dan cuenta de que no hay tregua ni descanso posible en esta tarea; que tiene que entregar forzosamente resultados y responder con hechos a quienes la llevaron con sus votos a Palacio. Amodorrados como están en sus gabinetes y estudios de radio y televisión a Claudia, que nunca se detiene, simplemente le pierden la pista.
Se equivocaron al pensar que Andrés Manuel López Obrador era sólo un presidente más. Se equivocan cuando inventan, porque con eso sueñan, una ruptura entre él y la Presidenta y cuando, desde la misoginia, el machismo y la obcecación, insisten en que Andrés Manuel o es el que realmente manda o está escondido en Palenque. Ni una ni otra cosa es cierta; aquí manda Claudia, no hay pleito entre ellos y el expresidente, tal y como lo dijo tantas veces, cumpliendo su palabra se fue a la chingada a escuchar a los pájaros y a abrazar a los árboles.
Así como no para, la Presidenta no deja nunca un cabo suelto; en todo se mete, al fondo llega siempre. Al mirarla recorrer el país tan cerca de la gente siempre, gobernar en territorio, pienso en aquel letrero que vi una vez en una casa de seguridad de la guerrilla salvadoreña en el que se leía: “El último en comer, el último en dormir, el primero en morir”. Nadie como ella sabe que con el ejemplo se gobierna, por eso su conducta es impecable, por eso también, consigo misma y con quien traiciona, es implacable.