Hace ya casi 30 años, cuando estaba por transmitirse el último episodio de Nada Personal, tuve con Carlos Monsiváis, a quien invitamos a interpretarse a sí mismo en la penúltima escena, un diálogo en torno a la televisión y la telenovela.
“La caja no es idiota —le dije entonces para convencerlo de participar en la emisión—, la hicieron idiota los comerciantes que la convirtieron en una mera extensión de sus escaparates y quienes —subrayé— en la izquierda y el mundo cultural la despreciaron como arte menor y se automarginaron de uno de los fenómenos comunicacionales más importantes del Siglo XX”.
Monsiváis aceptó y yo, pese a los tumbos que ha dado mi vida en los medios, sigo pensando lo mismo; no son la televisión, la radio, las plataformas o la red ni idiotas ni perversas y tan no lo son que ha habido momentos en la historia que la belleza, la razón y la verdad han tenido cabida en ellas y han servido, incluso, como instrumentos de liberación.
Los idiotas son los que las convierten en un espejo de sus prejuicios culturales, morales e ideológicos y las usan para reproducirlos e imponerlos a sus “audiencias cautivas” a las que pretenden conducir como a un manso rebaño al matadero.
Perversos son aquellos —oligarcas y concesionarios— que después de servir hasta la ignominia a gobiernos corruptos de los que obtenían prebendas y privilegios, se creyeron capaces de manipular a presidentes, de inventarlos e imponerlos y después, simplemente, de ocupar su lugar.
“¡Censura!”, gritan hoy que se habla de los derechos de las audiencias todos esos que han despreciado sistemáticamente a quienes los ven o los escuchan.
De “dictadura” hablan quienes llevan décadas monopolizando los espacios más importantes en los medios de comunicación, cerrando el paso a quien se ve, habla, piensa distinto e imponiendo a la sociedad sus dichos como si fueran verdades absolutas.
De un “atentado contra la libertad de expresión” se quejan los mismos que avalaron fraudes electorales, callaron ante crímenes atroces y se han dedicado a destruir vidas y honras impunemente negando a quienes agravian el derecho de réplica.
De “polarización y autoritarismo” hablan hoy quienes usan un bien público para mentir y calumniar impunemente, para incitar a la violencia y para sembrar así el miedo y despertar el odio.
Ya los veremos ir a gritar a Washington a rogarle a Trump que los salve.
Ya los veremos alzarse contra el derecho de las audiencias —de las que viven— a gozar de un entretenimiento digno, a ser informadas oportuna y verazmente.
Ya los veremos, de nuevo, hacer más idiota y más perversa la caja.