La democracia, como la razón, engendra monstruos

Ciudad de México /

Hay tiempos oscuros en los que los pueblos ceden a la fascinación morbosa ante la maldad y deciden votar por sus verdugos. 

Demagogos que no esconden sus propósitos genocidas, bufones siniestros que terminan despojando de sus derechos más elementales a quienes votaron por ellos, criminales de la peor especie que presumen sus delitos llegan así al poder.

Esta peste de vileza, esta ceguera histórica, esta determinación suicida que hace a las naciones marchar, por voluntad de las mayorías, al matadero se extiende ahora por América. 

Comenzó a esparcirse desde el norte con el triunfo de Donald Trump que ha cimentado su carrera política en la autoexaltación de su propia villanía; bajó luego hacia el sur con Milei en Argentina y se expandió por casi todo el subcontinente hasta Colombia, donde un abogado de narcos y paramilitares, un vil macho que cree, y lo dice, a las mujeres seres inferiores; terminará, si las impugnaciones no prosperan, como presidente.

¿Será que la democracia como la razón —y parafraseando a Goya— también engendra monstruos?

Lo cierto es que los caudillos de la ultraderecha no saben ganar limpiamente; el caos en las calles que provocan, la violencia a la que incitan abierta y descaradamente; las crisis de inseguridad de las que son, con el crimen organizado, corresponsables; el odio que fomentan en los medios de comunicación que controlan; el miedo, la frustración y la desesperanza que esparcen con noticias falsas, oleadas de rumores y calumnias sus “líderes de opinión” y sus granjas de bots, amplían su margen de ventaja. 

La plata, que les sobra, las trampas electorales, en las que son expertos y el apoyo de Washington, que mendigan, les aseguran la victoria.

Todo esto —aunque a Ricardo Salinas Pliego que, quiere aplicarnos la misma receta, se le olvida— lo hemos sufrido ya en México; ya nos gobernaron criminales como Salinas de Gortari; ya sufrimos a un bufón como Vicente Fox que traicionó a la democracia; a un demagogo como Felipe Calderón que, por órdenes de Washington, nos impuso su cruzada sangrienta después de robarse la presidencia; y a un corrupto banal como Peña Nieto, que la compro.

La revolución de las conciencias nos protege pero mal haríamos en cruzarnos de brazos. Es hora de ser como Claudia Sheimbaum Pardo impecables e implacables. Ellos vienen por todo y a nosotros nos toca atrincherarnos en nuestros valores y convicciones, defender y mantener una  irreprochable legitimidad democrática y acompañar a una Presidenta que gobierna con honestidad, entrega resultados y nunca se aleja del pueblo.


  • Epigmenio Ibarra
  • Periodista y productor. Fundador de la productora Argos. Corresponsal de guerra entre 1980 y 1990 / Escribe todos los miércoles su columna "Itinerarios"
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