Insólito les parecía a militares, analistas de inteligencia y corresponsales de guerra europeos y estadunidenses que, en El Salvador, el Pulgarcito de América como lo llamaba Gabriela Mistral, una guerrilla pusiera en jaque a uno de los esfuerzos estratégicos más importantes en los que, en esa última guerra caliente de la Guerra Fría, estaba empeñado Washington.
Que en un país tan pequeño (con solo 21 mil kilómetros cuadrados de extensión) sin montañas, sin selvas, sin zonas de retaguardia interna, enfrentándose a un ejército 10 veces más grande; entrenado, armado, asesorado, apoyado financiera, logística y tecnológicamente por el ejército norteamericano, el FMLN hilvanara victoria tras victoria, resultaba inexplicable y humillante para la Casa Blanca.
“Es que no comprenden -me dijo un combatiente guerrillero en el nororiental departamento de Morazán- que nuestra montaña, nuestra selva es el pueblo y que nos parapetamos en nuestros principios”. Con una combinación de ingenio, audacia, serenidad y un esfuerzo integral de comunicación dentro y fuera de las fronteras de El Salvador el FMLN demostró, otra vez, que David puede vencer a Goliat.
36 años después, justo por las mismas fechas, pienso en Venezuela; en sus selvas, en sus montañas, en su extenso territorio, en el poder de su ejército, en la estridencia combativa del discurso de sus dirigentes y pienso en el “éxito fulminante” (así entrecomillado) de la intolerable acción militar que, contra un país soberano y sin siquiera tener una coartada política, ideológica o policial, ordenó Donald Trump.
Tras el petróleo, poniendo al servicio de las grandes compañías estadunidenses, el ejército más poderoso de la Tierra, iba el magnate. No fue necesario que empantanara a sus tropas en una invasión; utilizó el despliegue de la flota, el bombardeo de embarcaciones y una ola creciente de amenazas para provocar una respuesta exaltada de Nicolás Maduro, elevar así la tensión bélica en la zona y erosionar el apoyo con el que contaba; lo dejó vulnerable, sin la única montaña que podría protegerlo y una vez logrado el objetivo dio un golpe de mano con amplio despliegue tecnológico.
Reconozco, admiro, respeto la serenidad, la dignidad, la inteligencia y la valentía con la que ha actuado la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Agradezco que Andrés Manuel López Obrador abandonara su retiro y alzara sabia y contundentemente la voz. A Benito Juárez, a George Washington, a Abraham Lincoln han evocado, en los principios establecidos en nuestra Constitución se han parapetado; por la razón, contra la fuerza y desde una irreprochable y aplastante legitimidad democrática se han pronunciado. Aquí tenemos mucha montaña, mucha selva, mucha Presidenta y sobre todo, mucho pueblo.