Aunque el objetivo de la guerra psicológica es confundir al enemigo, suele suceder que quienes inventan las mentiras en las que ésta se sustenta son los primeros —y a veces los únicos— que se las creen. Esto le pasó tanto a la derecha estadunidense como a la mexicana y fue Donald Trump, su propio líder, quien los puso en evidencia.
Para presentarse en el que resultó ser uno de los eventos deportivos más vistos de la historia —con picos de audiencia de entre 1,800 y 2,200 millones de personas—, el mandatario estadunidense decidió invitar, para que se sentara a su lado, a una de las presidentas más respetadas y admiradas del mundo.
Ni por asomo se le ocurrió a Trump invitar a su “correligionario” Javier Milei, ese bufón libertario que destroza a Argentina, cuya selección se disputaba la copa. De sus exabruptos contra México y su gobierno se olvidó el magnate —dejando a los suyos en la estacada— al privilegiar la presencia de una mujer, de convicciones opuestas a las suyas que, con 35 millones de votos a su favor y una aceptación ciudadana de más de 70%, cuenta con una irreprochable legitimidad democrática.
Cierto tanto la presidenta de México como Mark Carney, el primer ministro de Canadá, fueron, con él, los anfitriones del torneo, pero habida cuenta de su personalidad rijosa y narcisista, bien pudo el magnate haberse quedado solo en el escenario y en vez de eso prefirió compartirlo con sus dos vecinos, con sus dos socios estratégicos.
Difícil se las puso, el mandatario estadunidense, a los halcones que trabajan para él y a otros que gravitan en su entorno supremacista, al tomar la decisión de invitar a Claudia Sheinbaum Pardo; enderezar ataques contra ella y su gobierno será, a partir de este momento y de alguna manera, poner en evidencia a su propio jefe.
Imposible, por otro lado, se las dejó Trump a opositores, intelectuales de la derecha, sicarios informativos al servicio de ésta y, en general a la comentocracia que, en nuestro país, y desde hace más de dos años han basado toda su estrategia política y su ofensiva propagandística en una inminente y catastrófica ruptura de las relaciones entre ambos mandatarios.
Ingenuo sería pensar que las tensiones entre ambas naciones han desaparecido, pero tanto la serenidad de una presidenta que ni se engancha, ni se deja, ni se rinde como su sonrisa cuando conversa con Trump —diplomacia pura, sutil y efectiva— son un contundente mensaje de aliento tanto para nuestros compatriotas al norte de la frontera como para quienes, aquí en México, estamos empeñados en la defensa de nuestra soberanía.