¿Dónde acaba el ángel y empieza Salomé?

Ciudad de México /

Cuando pienso en Salomé, la imagen que me viene a la mente es la que esboza Jean Benner, sosteniendo la cabeza de Juan Bautista, un poco más sombría que el retrato de Bernardino Luini; son indiscutiblemente dantescas. El pasaje bíblico del cual surge este arquetipo ha quedado marginado por imposición de nuevas piezas que desembocan en lo mismo: plasmar el deseo de la princesa idumea de decapitar al profeta.

Desde que este nombre apareció en el imaginario como referente cultural, las narraciones que gravitan alrededor de él lo consolidan. Salomé se vuelve inmortal por lo que significa lejos del personaje que aparenta. Muchos autores aprovechan su popularidad, especialmente dos de ellos, alejados por espacio y tiempo: Oscar Wilde y Gustave Flaubert. La idea de ambos rivaliza separada, pero en conjunto cumple todas las características del modelo, agotándolo hasta que ningún otro parezca aceptable.

En la obra de Wilde, Salomé representa la femineidad pura, una mujer sensual y destructiva que, obsesionada por Jokanaan, demanda al rey Herodes su cabeza en “bandeja de plata”. Una propuesta que solo ocupa el adjetivo de romántica en tanto que el autor sea él; ¿por qué preferir la muerte del amado en lugar de hacerlo vivir por amor? Aquí resalta entonces Flaubert, con una femme fatale igualmente sugerente pero más ornamental y artificiosa.

Demuestran con éxito que la reescritura sí modifica la manera en que incursiona un personaje primigeniamente en la literatura y que de tanto utilizarse quizás habría sido agotado. Bajo el hábil dominio lingüístico, entra en escena numerosas veces disfrazada siempre de daemon; creada del mismo material que Adán, no podría considerarse semejante, puesto que ha sido idolatrada hasta adquirir superioridad. El ejemplo que tenemos hoy de Salomé fue instaurado por Wilde y Flaubert, dotándolo de potencialidad para futuras interpretaciones.

Erika Bornay, una estudiosa de la figura femenina durante los siglos que protagoniza como musa o vástago, atina al resumir que “Salomé solo es una pequeña virgen exhibida impúdicamente […] En una simbiosis del carácter dominador y vengativo de la madre, la hija, se funde y se confunde con aquella”, convirtiéndose en la lujuria misma.

Salomé reivindica el papel de la mujer afuera del ámbito bíblico, desde una perspectiva inclusive pagana. Antes que diosa es humana. El supuesto feminismo debería aproximarse a la historia reconociendo primeramente que gran parte de las creaciones estelarizadas por mujeres las elaboró un hombre.

  • Erandi Cerbón Gómez
  • femme.de.lettres@hotmail.com
  • Erandi Cerbón Gómez (Ciudad de México, 1991) hizo estudios de filosofía en la UNAM y escribe sobre libros en MILENIO desde 2014. Publica los jueves cada 15 días su columna Igitur.
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