Entre los múltiples duelos que atravesamos los seres humanos en silencio, hay uno que la sociedad insiste en no nombrar: el duelo por la juventud perdida.
Pues es muy conocido que apenas llegan los 50´s y se empiezan a buscar las diferentes formas para evitar las arrugas y las canas.
Le rendimos culto al cuerpo para postergar con pánico la aceptación de la edad.
Basta echar un vistazo a las diferentes redes sociales para ver toda la oferta que hay entre sueros, bótox y procedimientos estéticos para intentar parar el reloj de los años.
No pretendo decir que esto está mal, ¿a quién no le gusta verse bien?
Lo que cuestiono es la raíz de realizar cualquier cosa con el objetivo de no aceptar los años que tenemos.
Pues una cosa es cuidar la piel y otra cosa muy distinta, recurrir al bisturí por la incapacidad de aceptar el paso del tiempo.
Y es que en algunos casos, aclaro que no en todos, detrás de los procedimientos estéticos suele esconderse el temor a la vejez El fantasma del envejecimiento acecha con la silla de ruedas y el bastón, la pérdida de la independencia, sin embargo hoy en día es común ver a gente mayor corriendo, trabajando, viajando, creando. La diferencia no es genética, es de actitud y planificación.
De niños nos gustaba imaginar qué seríamos de grandes. ¿Por qué ahora no se piensa en que deseo hacer a los 60, 70 u 80 años? Envejecer con dignidad no es una casualidad, es un proyecto de prevención, quien en estos momentos está en el camino de los 40 0 50 años tiene en sus manos la oportunidad de prepararse.
Desde hacer ejercicio, comer saludablemente, acudir al ginecólogo, endocrinólogo o al urólogo para ir equilibrando las hormonas.
Esa segunda adolescencia en donde tenemos la posibilidad de pasar a la siguiente etapa de la vida, sabiendo a qué le debemos poner atención biológicamente.
Y claro al Tanatólogo para procesar las pérdidas que acumulamos en el camino.
Pues sanar la mente es tan importante como cuidar el cuerpo.
Les invito a ver la vejez como la oportunidad para transformar nuestra existencia, en una verdadera obra de arte, como parte del proceso de la vida y a respondernos la pregunta:
¿Qué queremos hacer con los años que nos quedan?