Viktor Frankl neurólogo, psiquiatra y filósofo fue encarcelado por su origen judío en los campos de concentración nazi, en donde encerraban a los enemigos del estado según Adolfo Hitler.
Eran centros de esclavismo y asesinatos masivos.
Quienes caían ahí eran obligados a realizar trabajos forzados en condiciones inhumanas.
A lo largo de tres años fue trasladado a diferentes campos de exterminio, incluyendo Auschwitz-Birkenau, Kaufering y Dachau-Türkheim.
Aunque tuvo la oportunidad de emigrar a Estados Unidos porque recibió una visa, decidió quedarse con los suyos.
Lo separaron de su esposa y nunca más la volvió a ver.
El trabajo forzado era en minas o en empresas que estaban bajo el régimen Alemán y empezaba antes del amanecer, consistía en cavar, arrastrar, levantar cargas muy pesadas a bajas temperaturas.
La historia dice que la comida que les daban estaba en mal estado, y que un castigo podía ser la muerte.
Viktor Frankl en su libro El hombre en busca del sentido, relata cómo algunos hombres se rendían, devolvían la comida y se echaban en la nieve a esperar la muerte.
Otros buscaban una razón para seguir: una promesa, un hijo, una frase, una oración.
Por su parte Frankl se obligaba a encontrar la belleza, cuando veía que alguien compartía un trozo de pan confirmaba que la humanidad seguía viva.
Cerraba los ojos y se imaginaba en una sala de conferencias explicando a sus alumnos, como el haberse aferrado a un porqué lo había salvado.
Esa fue su estrategia. Mientras unos se empeñaban en obtener un pedazo de pan, él se convencía de que la vida tenía sentido.
Enfermó de tifus y estuvo a punto de morir, pero su idea de que la vida aún tenía algo más para él lo mantuvo con vida.
Viktor Frankl perdió a la mayoría de su familia, su esposa, su hijo, sus padres.
Se sintió solo y aún así recordó que le quedaba la libertad de elegir la forma de actuar ante la vida.
Confesó que tuvo miedo, desesperanza, que lloró y pensó en rendirse, como muchos de nosotros en alguna situación, sin embargo, si estamos dispuestos a escuchar ese vacío existencial podemos encontrar ese sentido, no pensando en que quiero de la vida, sino qué quiere la vida de mí, qué puedo darle a la humanidad, muchas veces el sentido está en el servicio.
Así que pregúntese: ¿Cuál es su porqué? El sentido no se encuentra, se construye.