Volver a empezar después de una muerte

  • Un día a la vez
  • Erika Ramírez Rodríguez

Laguna /
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De pronto todo se vuelve un caos, la intranquilidad irrumpe sin aviso y algo dentro de nosotros pierde su eje. 

A veces sabemos qué lo provoca, otras no, y la angustia se instala sin nombre. 

Lo llamamos ansiedad, estrés, cansancio, pero pocas veces nos detenemos a pensar que podría tratarse de un duelo no atendido.

Cabe mencionar, que un duelo no sólo puede ser por la muerte de un ser querido. 

El duelo es por lo que ya no es, es decir se puede presentar por relaciones pérdidas, etapas de vida, proyectos, versiones de nosotros mismos. 

Los procesos emocionales frente a la pérdida no son lineales ni ordenados, sino profundamente humanos, caóticos y cambiantes.

Sin embargo, en la vida cotidiana, evitamos sentir, la prisa se convierte en una forma de anestesia. 

El trabajo, la familia, las responsabilidades diarias ocupan cada espacio disponible, dejando en pausa lo esencial: escucharnos.

El duelo no se supera, se trabaja en tareas de cómo aceptar la pérdida, elaborar el dolor, adaptarse a una nueva realidad y recolocar emocionalmente aquello que se ha ido. 

Pero estas tareas requieren tiempo, disposición y lo más importante, permiso. Un permiso que rara vez nos damos.

Aunque se diga que cada día es una oportunidad para volver a empezar, la realidad es que vivimos postergando. 

Dejamos para después lo que duele, lo que incomoda, lo que nos confronta. Olvidamos que nuestras emociones también son prioridad, que nuestras pérdidas necesitan ser reconocidas, y que nuestros logros merecen ser nombrados.

En ese contexto, la idea de volver a empezar no se trata de borrón y cuenta nueva, ni de una reinvención instantánea. Se trata de resignificar.

En la práctica tanatológica contemporánea, autores como Marco Antonio Polo Scott han insistido en comprender el duelo como un proceso integral, que atraviesa distintas esferas del ser humano: emocional, física, social y espiritual. Ignorar alguna de ellas es fragmentarse, atenderlas es comenzar a reconstruirnos.

Volver a empezar, entonces, no es un acto heroico, es un acto íntimo, es detenerse, reconocer lo que se ha perdido y aceptar que algo en nosotros también cambió.

Es entender que no volvemos a ser los mismos, pero sí podemos ser alguien más consciente, más honesto, más humano.

Quizá la verdadera tarea no sea empezar de nuevo, sino aprender a no huir de lo que sentimos, porque el duelo que se escucha, también transforma.

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