Desde 1810 estamos en la misma lucha interna. Desde entonces hubo quien intentó, y logró temporalmente, torcer el rumbo de la construcción republicana nacional. Hoy, transcurridos 200 años de vida independiente, tenemos todavía excluidos a la mitad de los mexicanos: de la vida social, de la participación política real y hasta del libre mercado nacional.
Efectivamente, no es un asunto de partidos políticos. La gravedad de la situación nacional va más allá de etiquetas partidarias. No nos engañemos ni con frentes, ni con pactos, ni con coaliciones. No hay más que dos rumbos en la conducción nacional: el Insurgente o el Trigarante. Lo demás es hojarasca y ruido de batería. Desde entonces.
Miguel Hidalgo, con un puñado de miembros de la escasísima clase media informada de entonces, tomó finalmente la determinación de lanzarse a la insurgencia nacional. En Guadalajara proclamó la abolición de la esclavitud y también la supresión de las castas, marcadas de por vida en el registro parroquial del bautizo cristiano. Desde entonces.
Su discípulo del Colegio de San Nicolás, José María Morelos redactó, al calor de las batallas insurgentes, los Sentimientos de la Nación: “de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”. Desde entonces.
Perdieron la guerra y fueron fusilados. En la Ribera de Chapala resistieron por años en la isla de Mezcala los comuneros, acosados por el sanguinario gachupín Pedro Celestino Negrete. El mismo que todavía en una (doble) placa en la calle de Independencia de Tlaquepaque es reconocido como el independizador de Jalisco. Trigarante, claro está. Desde entonces.
Sólo Vicente Guerrero y su guerrilla resistían en las montañas del Sur. Pero he aquí que, mientras tanto, en la Metrópoli también ocurrían cosas. El rey Fernando VII se empeñó en restablecer el régimen absolutista. El coronel Rafael Riego se lanzó a un pronunciamiento contra el Rey; y obligó al soberano a restablecer la Constitución de Cádiz de 1812: para España y para sus posesiones de ultramar.
Es entonces cuando la oligarquía de la Nueva España entra en pánico y decide actuar (cualquier semejanza con los tiempos actuales es pura coincidencia). Es hora de que todo cambie para que todo quede igual.
Dice don Luis Pérez Verdía en su Historia de México: “El partido españolizado de México, enemigo de las libertades públicas y decidido defensor del absolutismo, pretendió que el rey no había tenido libertad al aprobar aquel plan y que, mientras la recobraba, la Nueva España debería ser depositada independientemente en manos del Virrey Apodaca, gobernándose por las leyes de Indias”.
Así fue como se consumó la Independencia de las Tres Garantías en 1821: se fueron los gachupines; aquí quedaron sus nietos, dueños del 98 por ciento de las tierras arrebatadas por la Conquista a sus dueños originarios.
El régimen virreinal quedó intacto 100 años más, con el disfraz de república: un país agrícola con la tierra productiva en manos de mil familias; millones de peones sin ciudadanía, ni siquiera libertad propia, ni escuela, ni dinero.
Si don Justo Sierra, nada menos que Ministro de Educación y Justicia del gobierno de Porfirio Díaz, se vio moralmente obligado a decir frente a la Cámara de Diputados en 1893: “hay cuatro quintas partes de mexicanos que no tienen derechos: quiere decir que una gran masa de la población mexicana no ha encontrado justicia todavía”.
Hoy tenemos que decir, a cien años de la Revolución de aquellos analfabetos dirigidos por la escasa clase media pensante, que sus postulados se han cumplido a medias, que tenemos la mitad de la Nación, 60 millones de excluidos.
Que la insurgencia tiene todavía una larga tarea inconclusa; y peor aún: que los Trigarantes están en control del Poder Ejecutivo y del Poder Legislativo bipartidista (con menudencias mercenarias) desde hace 35 años.
El señor José Antonio Meade Kuribreña (panpriísta sin militancia) ya presentó el nuevo paquete económico para 2018: los mismos grandes privilegios fiscales a los grandes grandes consorcios, la misma petrolización del presupuesto, los mismos recortes, la misma recaudación miserable (pero cargándole la mano a la clase media), la misma deuda espantosa y creciente. El presupuesto es el espejo monetario del modelo de desarrollo que queremos. Es una pena que haya diputados federales embaucados por el Poder Trigarante: alegres venden su voto por una despensa de unos milloncitos para “ayudar a sus distritos” y se degradan contentos a la categoría de gestores.
Ahí veremos cuáles fracciones parlamentarias aprueban la Ley de Ingresos 2018 y cuáles votan en contra. Insurgentes o Trigarantes. No hay término medio. Pregunten a doña Ifigenia Martínez. Consulten a la Auditoría Superior de la Federación.
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