En años recientes, uno de los principales problemas de la economía mexicana ha sido su bajo crecimiento económico. Además, el país enfrenta ahora otro reto: una inflación que sigue mostrando resistencia para regresar al objetivo del Banco de México. Los datos más recientes reflejan esta combinación incómoda a la cual los economistas llaman estanflación. De acuerdo con el INEGI, la economía mexicana creció apenas 0.63% anual durante el primer trimestre de 2026. Al mismo tiempo, la inflación anual en abril se ubicó en 4.45%, todavía muy por encima de la meta de 3.0% del Banco de México.
Detrás de este entorno existe un problema estructural del que se habla menos, pero que probablemente explica la mayor parte de las dificultades económicas del país: el débil crecimiento de la productividad. En términos muy sencillos, una economía puede crecer de dos maneras: aumentando el número de personas que trabajan o aumentando lo que produce cada trabajador. El problema es que México lleva varios años dependiendo más del primer componente que del segundo.
Durante los últimos años, la economía mexicana ha mostrado un crecimiento promedio relativamente bajo, con un avance anual promedio de apenas 0.8%, mientras que el número de personas trabajando se ha incrementado en aproximadamente 1.0%. Estos datos sugieren que la fuerza laboral produce menos por persona ocupada que en periodos anteriores. En contraste, en Estados Unidos, la productividad de la fuerza laboral ha retomado fuerza, con tasas de crecimiento de alrededor de 2.0% cada año, impulsado por inversión tecnológica, automatización, inteligencia artificial y mayores inversiones en infraestructura y energía. En este sentido, la comparación internacional resulta reveladora y más importante de lo que parece.
La productividad es el principal motor del crecimiento sostenible de largo plazo y también es lo que permite que los salarios reales aumenten sin generar desequilibrios inflacionarios importantes. Cuando una economía produce más por trabajador, las empresas pueden pagar mejores salarios sin necesidad de trasladar completamente esos costos a precios. Por el contrario, cuando los salarios crecen de forma persistente por encima de la productividad, eventualmente comienzan a surgir presiones económicas. Parte de esas presiones terminan reflejándose en inflación y otra parte, en mayores importaciones.
Además, la productividad laboral es un tema especialmente importante en economías en donde un porcentaje cada vez más grande de la población se está jubilado, y aún más si los jubilados están cubiertos por un sistema de protección social financiado por el Estado. En este entorno, el costo para el gobierno va a ir aumentando al mismo tiempo que la población trabajadora no generaría los recursos necesarios para apoyar al sistema de beneficiarios jubilados.
Si la población laboral no es capaz de aumentar su productividad, el aparato gubernamental va a estar cada año más presionado por el aumento en el número de jubilados. Esto conllevará a mayores impuestos, mayores déficits o a un deterioro en la provisión de servicios públicos.
Hay otra complicación que surge de la falta de incrementos en la productividad laboral, y es que se dificulta aumentar el salario real. Sin embargo, en Mexico, en los últimos años hemos visto fuertes incrementos tanto en términos nominales como en términos reales (ajustados por la inflación) del salario mínimo. El aumento del salario mínimo y de las transferencias sociales ha contribuido a mejorar el ingreso de millones de hogares, algo particularmente importante en un país con altos niveles de desigualdad. Sin embargo, la economía no ha logrado incrementar al mismo ritmo su capacidad productiva.
Toda economía enfrenta eventualmente la misma restricción: el consumo puede crecer más rápido que la producción durante algún tiempo, pero no de forma permanente. Cuando la demanda interna aumenta más rápido que la capacidad de producir bienes y servicios, la economía normalmente ajusta por dos vías: mayores precios o mayores importaciones. En el segundo caso, el poder adquisitivo de los salarios de alguna manera beneficia a otros países y no a México y esto se puede notar en los datos. En los últimos siete años, la economía mexicana ha crecido a una tasa anual promedio de 6.0% en términos de dólares estadounidenses. En ese mismo periodo, las importaciones de bienes de consumo no petroleros han crecido a una tasa de 10%.
Lo anterior refleja que la falta de mejoras en la productividad de la economía mexicana ha inducido al consumidor a buscar otros mercados para satisfacer su demanda por bienes. Esto no es necesariamente una situación mala. Lo que es muy desafortunado es que el aumento en la importación de bienes de capital, necesario para aumentar la producción y la productividad, ha crecido únicamente a una tasa de 3.0%.
Otra consecuencia de esta política salarial es hacer poco rentable la expansión de los negocios. En otras palabras, una disminución en la inversión necesaria para que crezca de forma más rápida y sostenible la actividad económica. De hecho, una de las señales más preocupantes de los últimos años ha sido la debilidad de la inversión como proporción del PIB. Aunque México ha recibido importantes flujos de inversión asociados al nearshoring y a la relocalización de cadenas productivas, el país todavía enfrenta limitaciones importantes en infraestructura, energía, logística, seguridad y Estado de derecho.
La inversión pública también ha mostrado claroscuros. En algunos sectores estratégicos comienzan a observarse esfuerzos relevantes para recuperar capacidad productiva. Por ejemplo, PEMEX ha incrementado el procesamiento de crudo y la producción de petrolíferos durante los últimos trimestres, apoyado por mayores inversiones operativas y proyectos de rehabilitación del Sistema Nacional de Refinación. Sin embargo, los retos estructurales siguen siendo enormes. La economía mexicana necesita mucho más que consumo para crecer de manera sostenida. Necesita inversión productiva, innovación, infraestructura, energía suficiente y empresas capaces de competir en sectores de mayor valor agregado.