Conmemoraciones literarias 1975

León /

Elfriede Jelinek revisó con ironía el papel femenino en la cotidianidad occidental a través de Las amantes, novela que sigue a dos mujeres que quedan embarazadas y se casan, asumiendo unos roles determinados que se narran con precisión quirúrgica por parte de la ganadora del Nobel del 2004, profundizando en anhelos y sueño rotos. Por su parte, Agatha Christie se despidió de Hércules Poirot, el segundo detective más importante de la literatura, en la intrigante Telón, última novela publicada en vida por parte de la genial autora inglesa en la que el famoso belga se reúne con su viejo amigo Arthur Hastings para resolver el caso en cuestión con la sagacidad habitual. En el campo de la fantasía, Roger Zelazny entregó la imaginativa El signo del unicornio, tercera entrega de Las crónicas de Ámbar, en la que Corwin debe enfrentar diversos desafíos ahora que ya ha tomado posesión del trono, incluyendo la misteriosa muerte de Caine.

Y en cuanto a reencontrar razones para vivir, en El legado de Humboldt, obra mayor de Saul Bellow que ganó el Pulitzer con versátiles recursos narratológicos de alcance experimental, se recorre el vínculo amistoso que establece el poeta del título, venido a menos, y un joven aficionado a la literatura, cada vez metido en más problemas que lo tienen empantanado: la muerte del escritor, paradójicamente, le otorgará un motivo en términos de continuidad para uno y de mantenerse vivo para el otro. Por su parte, James Salter publicó una de sus más grandes obras, la realista Años luz, intromisión en la cómoda y plácida vida de un matrimonio y sus dos hijas, que viajan de Manhattan a una casa de campo donde pasan felizmente el tiempo; a partir de una escritura cuidadosamente descriptiva, el relato va develando de manera sutil la realidad de puertas hacia dentro, haciendo mella de manera paulatina en este paraíso aparente.

Ganadora del National Book Award, la monumental Jota Erre refleja a lo largo de sus más de mil páginas la constitución de una sociedad individualista y fragmentada, atrapada entre las ambiciones capitalistas y la ruptura del sueño americano; mostró la gran capacidad de William Gaddis para la construcción de diálogos y situaciones empapadas de sátira social y económica encabezada por su protagonista, quien da título a la novela, un precoz niño de 11 años que encarna la ambición y el emprendimiento enfocado a la acumulación, más allá de consideraciones relacionadas con el bien común. Del premio Nobel 2002, el húngaro Imre Kertesz, se publicó Sin destino, duro relato con tintes autobiográficos sobre un judío y su paso por campos de concentración, en tanto Naguib Mahfuz, Nobel 1988, publicó Un señor muy respetable, acerca de un hombre que busca escalar en la escala burocrática a como dé lugar, entre la ambición, la búsqueda de poder y la necesidad de ser reconocido.

Gabriel García Márquez abordó un tema recurrente en El otoño del patriarca, convertida en una de sus cumbres literarias y acaso la más arriesgada de su trayectoria en términos de estilo, construido en tesitura de prosa poética con prolongadas disertaciones apenas secuenciadas por algún punto en forma de pausa provisional, aventurando un toque postmoderno: un viejo y violento dictador impuesto por fuerzas extranjeras y nombrado una sola vez como Zacarías, yace entre recuerdos nebulosos y soledad merecida; lo vamos conociendo a partir de monólogos de diversos personajes que lo conocieron, enfatizando la forma en la que el poder corrompe cualquier tipo de brújula moral. Por su parte, Carlos Fuentes entregó Terra Nostra, compleja y amplísima novela que recorre pasajes históricos desde los Reyes Católicos y el poder ejercido en las tierras americanas: un fresco sustancial que revisita mitos, pensamientos y múltiples referencias y reflexiones sobre el nacimiento de la tierra nuestra, como la conocemos.

Jorge Luis Borges, invidente pero con toda la sabiduría e imaginación fantástica a punto, publicó El libro de arena, integrado por 13 relatos y un epílogo (para no spoilear con una introducción) ya en absoluta madurez, entre los que se encuentran varias de sus obsesiones: ahí están el autorreferencial El otro; El Congreso, con su personal carga política; Hay más cosas, de aliento Lovercraftiano; el imposible amor de mirada mitológica nórdica de Ulrica, como El disco, también alrededor de la magia escandinava; Undr y El espejo y la máscara, buscando síntesis imposibles en la poesía y la narración; La secta de los treinta, adoradora de Judas y Jesús; La utopía de un hombre cansado, de enfoque melancólico; La noche de los dones y su dosis de narración dentro de la narración; la decisión de un profesor en El soborno; la ficción histórica de Avelino Redondo, y el cuento titular, expresando ese gusto del gigante argentino acerca de la infinitud, particularmente del mundo libresco.

​Un par de grandes autores austriacos: Thomas Bernhard publicó, además de El origen, el volumen de memorias sobre la propia rebeldía adolescente, la exploradora y desafiante Corrección, relato de interminables oraciones oxigenadas por comas, en la que el narrador regresa de Inglaterra a su tierra para organizar los textos de Roithamer, un desquiciado científico que usa una herencia para construir un cono en medio del bosque que sirva de hogar para su hermana, quien muere poco después de instalarse, seguida del protagonista, quien se suicida. El momento de la sensación verdadera es una de las novelas clave del corpus literario de Peter Handke (Nobel 2019), en la que a través de la figura de un diplomático de su país asentado en París, vamos encontrando experiencias en torno a la muerte, la infancia, la dificultad de construir sentido vital y la contrastante existencia que un sueño puede mostrar, cual posibilidad perturbadora.


  • Fernando Cuevas
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