Volver al país de origen en 1949, ahora irreconocible, entre ruinas y dividido tras la II Guerra Mundial, para celebrar y recibir el premio Goethe, un referente inmenso para la propia obra, y reconectar con la idea del espíritu alemán, reforzado por la unificación encabezada por Bismarck en la década de 1870, por encima de las barreras impuestas por los ganadores del conflicto bélico, particularmente la Unión Soviética y Estados Unidos. Visitar las ahora ambas Alemanias, separadas por improvisados retenes –antes de la construcción del Muro levantado a principios de los años sesenta–, ofreciendo algún puro a medias a un joven soldado y cumpliendo el trámite para poder estar en la añorada República de Weimar, viajando en ese buick negro conducido por la hija con ecos al clásico Fresas salvajes (Bergman, 1957).
Un hombre atormentado habla por teléfono con una mujer, mientras comparte la cama con algún amante, y le confiesa que necesita verla: son hermanos e hijos del afamado escritor Thomas Mann, quien vivía en California, lejos de su patria desde 1933, cuando se exilió en Suiza para hacerse ciudadano checo, después estadounidense y al final, helvético. Klaus se mantiene distante de su padre, mientras que Erika lo va a guiar y acompañar en su viaje por las dos Alemanias para asistir a alguna conferencia de prensa, a las ceremonias correspondientes y recibir los honores, así como alguna propuesta para ser nombrado de manera honoraria, si bien en realidad viajó con su esposa Katia durante doce días, con quien se casó a pesar de sus tendencias homosexuales, como dejó ver en el clásico Muerte en Venecia (1912), y que aquí sólo aparece por teléfono.
El realizador Paweł Pawlikowski (The Stringer, 1998; The Woman in the Fifth, 2011) adapta y reformula este suceso histórico, junto con Henk Handloegten (Adiós a Lenin, 2003), a través de Fatherland (Polonia-Alemania-Italia-Francia, 2026), concisa, profunda y brillante reflexión sobre el sentido de la pérdida de la patria como hogar al que se puede volver, a través de la mirada de un genio de la literatura y la cercana relación con su hija, no exenta de confrontaciones sobre todo en torno al desprecio del padre hacia el otro hijo (August Diehl, en dolorosa depresión), dentro de un contexto posbélico de amplias diferencias ideológicas y políticas que se han impuesto a la posibilidad de consensos, donde las formas de entender el desarrollo de la sociedad resultan divisivas.
A partir de organizada puesta en escena y encuadres elusivos propuestos por la cámara de Łukasz Żal, que se desplaza sólo lo necesario y contrasta la iluminación en un riguroso blanco y negro, observamos desde diversas angulaciones y planos indicativos, las comidas celebratorias, los discursos y controlados festejos a los que van asistiendo padre e hija, deteniéndose en una variedad expresiva de rostros que manifiestan las emociones generadas y contenidas, hasta el punto de que ya no es posible para Erika esconder el reclamo por la insensibilidad del laureado escritor ante la muerte del hijo, el grito desde la ventana a los fascistas de ocasión o la bofetada al ex marido actor, siempre acomodaticio según el grupo que se encuentre en el poder (suena familiar).
Si en Ida (2013), el realizador polaco planteaba el viaja de una tía y su sobrina novicia para entender el trágico destino de sus padres durante la ocupación nazi en Polonia y en Cold War (2018) exploraba una relación amorosa -basada en la de sus padres- durante los cincuenta en un entorno de presiones estalinistas, aquí permea un trayecto de reencuentro con la tierra y con el nexo paterno-filial entre la disputa política por el aval de la figura del padre, sobre todo por parte de la ahora Alemania oriental: políticos y periodistas insisten en obtener del escritor una definición y postura más contundente, aunque él se mantenía en un sobrevuelo conceptual más cercano a la cultura y al arte que a la identificación en algún lugar del espectro político, no obstante la protesta de un ciudadano que anuncia la permanencia del campo de Buchenwald, antes de ser rápidamente arrestado.
Como se vio en Valor sentimental (Trier, 2025) y Lo mejor de mi vida (Muccino, 2015), entre otras, la compleja relación entre un padre famoso y su hija puede resultar tan conflictiva como afectuosa, tan dolorosa como reparadora y al fin tan difícil de comprender como le sucedía a la pequeña en Aftersun (Wells, 2022). Aquí Sandra Hüller y Hanns Zischler brindan sendas interpretaciones que terminan por capturar ese vínculo a través de sus conversaciones, miradas ante las ausencias y los vacíos y también frente a los silencios imposibles de romper, en particular cuando aparece la figura del hermano e hijo, respectivamente, con la noticia de su suicidio que en realidad sucedió en otro momento pero que el guion aquí lo integra en favor del peso dramático. Ante la petición de volver a casa por parte de ella, el padre responde que dónde queda eso
Las figuras de Kant y Nietzsche aparecen como referentes ineludibles en los discursos y conversaciones sobre la ruptura de la moral y la descomposición cultural, particularmente a raíz del ascenso del nazismo, mientras que la impronta del Doktor Faustus, publicada en 1947 y escrita en el exilio de Los Ángeles junto a Adorno y Scönberg, entre otros, se inmiscuye en las disertaciones con su destino final, conviviendo con referencias a Beethoven y Wagner, y con diálogos sobre el arte como sustento identitario, la ética perdida y el degradado entorno político, el peso de las ideologías polarizantes y divisivas, el origen de la propia tierra y lo irreconocible que se puede volver, las proclamadas transformaciones sociales y, en el centro del relato, el vínculo entre padre e hija.
El score de Marcin Masecki aparece de manera incidental, en tanto que la música diegética se presenta en forma de cánticos de coros juveniles, alguna pieza para animar la fiesta y, finalmente, en alguna iglesia derruida a través del órgano: escuchar a Bach, sobre todo para los no creyentes, es una forma mágica para acercarse a Dios y, de paso, evocar todo un pasado plagado de decisiones, momentos celebratorios y sucesos dolorosos difíciles de darles algún sentido y un vehículo expresivo. El autor de Los Buddenbrook (1901) finalmente se fue de Estados Unidos por presiones del macartismo y se instaló en Suiza en 1952, un año después de la muerte de Heinrich, otro de sus hijos; finalmente falleció en Zurich en 1955, en tanto Erika, quien también era corredora de rally y actriz, fue víctima de mayores presiones por parte del FBI y continuó escribiendo, incluso una memoria del último año de su padre; murió en 1969.