Hamnet: después silencio, inmovilidad, nada más

León /

La angustia frente a la enfermedad de una hija que capta toda la atención y esfuerzo posible y, cuando menos se espera, su hermano gemelo logra engañar a la muerte, un poco como lo intentó el caballero Antonius Block, proponiendo su famosa partida de ajedrez en El séptimo sello (Bergman, 1957), acaso para tener un poco más de tiempo, para prolongar el inevitable final. El dolor de la pérdida es devastador, incomprensible: “después silencio, inmovilidad, nada más” (p. 238). La tragedia puede hundir por completo a la madre, al padre, consecuencia totalmente entendible, o motivar a emprender la búsqueda de ciertos refugios: la sublimación a través del lenguaje y la creación artística, uno de ellos, y así conectar con el más allá, donde habita el ser querido.

La escritora irlandesa Maggie O’Farrell, tras una profusa investigación, escribió la luminosa y dolorosa Hamnet (2020; Libros del Asteroide, 2021), convertida en una de las novelas históricas esenciales del primer cuarto del siglo XXI que se centra no en el famoso dramaturgo o su obra, sino en su entorno familiar a finales del XVI, particularmente en su esposa Agnes y sus tres hijos, uno de los cuales llevaba ese nombre que después sería conocido como Hamlet, el Príncipe de Dinamarca que recibe la petición del fantasma de su padre para vengar su muerte a manos de su hermano, tío de aquél. Hamnet y Hamlet eran nombres que en los registros de la época se confundían, aunque el famoso escritor nunca dejó constancia explícita de la relación entre la obra y su hijo.

El relato de la autora sobre este contexto familiar en el pequeño pueblo de Stratford, incorpora algunos elementos sustentados en documentos y testimonios, e introduce momentos de ficción a partir de un realismo sorprendente, como lo hiciera también en la igualmente poderosa novela El retrato de casada (2022); en otras de sus obras, ya había abordado temáticas que aparecen aquí, como los intentos por escapar y buscar alguna seguridad en La distancia que nos separa (2004); un par de miradas a la maternidad desde épocas distintas a través de La primera mano que sostuvo la mía (2010); la realidad matrimonial y la aparición del pasado en Tiene que ser aquí (2016), y la reflexión sobre la propia muerte en el confesional Sigo aquí (2017).

Después de su eterna aventura marveliana, Chloé Zhao dirigió Hamnet (RU-EU, 2026) con su sensibilidad y cercanía acostumbrada, ya vista en Nomadland (2020), The Rider (2017) y Songs That Brothers Taught Me (2016), apoyada en el guion por la propia O’Farrell: juntas logran una notable adaptación que retoma la esencia del texto y entiende la dificultad del traslado de un medio a otro de ciertos pasajes, omitiendo algunos y dándoles linealidad temporal a los sucesos, y ajusta la presencia de algunos personajes —se ve más a William Shakespeare y menos a su violento padre guantero (David Wilmot), por ejemplo— y en general se captura el discurso propuesto, bien centrado en el conflicto principal de la novela: quizá se extraña un poco mayor énfasis en la niñez y desarrollo de Agnes y su hermano (Joe Alwyn), si bien se presenta algún flashback indicativo: queda asentado que aprendió cetrería y herbolaria de su propia madre y posee una intuición especial que se podría confundir con hechicería.

Un profesor de latín (Paul Mescal, sensible) se enamora de inmediato de esta particular mujer (Jessie Buckley, invadida por el personaje y sus intensas emociones) y deciden formar una familia entre citas de Orfeo y Eurídice, a pesar de las reticencias de propios y extraños, sobre todo y en un inicio de la madre de él (Emily Watson, ruda y comprensiva); nace una hija y después los gemelos, mientras que el padre empieza a viajar a Londres por algunos asuntos teatrales: las despedidas son tristes pero los reencuentros mantienen la vida afectiva. Los hijos van creciendo, la mayor ayuda en las labores (Bodhi Rae Breathnach, discreta) y los gemelos juegan a disfrazarse de su par para “engañar” a su padre (notables Jacobi Jupe y Olivia Lynes), que sigue el juego y le prepara sorpresas a su esposa, junto con los hijos. Hasta que el fantasma de la peste llega y los viajes constantes de Will se vuelven un motivo de fuerte conflicto: entre la importancia del sustento y de su carrera, y la necesidad de proteger a los suyos.

Y desde el inicial plano cenital que enfoca a la protagonista en posición fetal como si fuera abrazada por un árbol —en clara referencia a que era hija de la madre naturaleza—, la cámara transita de un enfoque naturalista, como en esos encuadres que parecerían hechos en la inmediatez -la despedida del halcón muerto- hasta una orientación conversacional, como en ese cruce de miradas en el teatro cuando el matrimonio parece reconciliarse en el dolor, pasando por la amplitud de campo en los planos generales y por la intromisión en la intimidad de la poderosa secuencia de los partos en el bosque y el de los gemelos, la del intento de curar a la hija enferma o la que se desarrolla en la habitación, cuando Will trata de escribir algo que “no importa”: la fotografía de Łukasz Żal, quien ha trabajado con Pawel Pawlikowski, termina por ser absorbente desde el realismo hasta la composición emotiva, bien soportada por un epocal diseño artístico.

Con gran sentido narrativo, la edición se pone al servicio de la generación de sentimientos a partir no sólo de los sucesos, sino de las miradas, los gestos y las formas de intentar resolver el dolor de la pérdida en contraste con los momentos de alegre convivencia: se desprenden poderosas secuencias tanto visual como afectivamente desplegadas, bien apoyadas por el sensible score de Max Richter y la producción en su conjunto, en la que participaron Steven Spielberg y Sam Mendes, entre otros. No es una comedia, sino una tragedia: las manos se van extendiendo hacia el escenario en dirección de Hamlet (Noah Jupe, hermano del niño que interpreta a Hamnet), pidiendo su mirada desde el reino de los muertos y solicitando que el recuerdo permanezca, mientras que On the Nature of Daylight desgrana su sonido cargado de la posibilidad de encontrarse en la iluminación eterna.


  • Fernando Cuevas
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