Vivimos tiempos oscuros en los que la mayor parte de los dirigentes políticos se posicionan como (falsos) redentores, vendiéndose cual outsiders que sobrevuelan la podredumbre habitual del poder; otros transitan entre populismos que abarcan todo el espectro ideológico, supuestamente cercanos al pueblo, entidad que mentan constantemente para justificar cualquier ocurrencia. En el peor de los casos, tenemos a imperialistas que recurren a las armas a las primeras de cambio, genocidas que justifican sus atrocidades por la defensa de su gente y los dictadores al uso, quienes consideran que su presencia es indispensable y se eternizan en el poder a costa de su propio país. Un panorama en el que resulta muy difícil encontrar estadistas, mujeres y hombres que estén a la altura de las exigencias de nuestros días y abonen a construir mejores sociedades.
En La Grazia: la belleza de la duda (Italia, 2025) conocemos a Mariano De Santis, un presidente viudo que está por concluir su mandato y que va a contracorriente de quienes vemos, desafortunadamente, en el mundo real: evita los protagonismos y mantiene un tono sobrio, se toma su tiempo para decidir, tiene más preguntas que respuestas y trata de ser congruente con sus creencias católicas y humanistas, sobre todo en su vida personal. Apuesta por la justicia como eje rector, sabe escuchar y tiene sus propias intuiciones que combina con reflexiones para enfrentar sus últimos dilemas en el cargo: firmar o no la ley de eutanasia, tema controversial y que podría ir pateando hacia delante para que quien siga se encargue, y decidir si indulta a dos personas presas, un hombre y una mujer que mataron a sus respectivas parejas por motivos distintos.
Paolo Sorrentino escribe y dirige esta ficción con una mirada personal e íntima del poder, en contraste con sus anteriores incursiones sobre figuras de lo detentaron: Il Divo (2008), de carácter biográfico sobre el Giulio Andreotti, primer ministro en siete ocasiones durante la segunda mitad del siglo XX con todos sus claroscuros, y Loro (2018), alrededor de Silvio Berlusconi y sus vínculos empresariales cargados de frivolidad y corrupción: los tres tienen en común que fueron interpretados por un inmenso Toni Servillo —habitual en las películas del realizador napolitano—, capaz de darles los matices necesarios para construir sus respectivas personalidades, tanto a los dos reales como al de ficción: en el caso del presidente De Santis, queda de manifiesta su pausada agudeza y elegancia, aún con quien no congeniaba, su nostalgia entrelazada con cierto sentido del humor y algún escapismo sonoro enclavado en el rap, a diferencia de la acostumbrada escucha de música clásica.
El protagonista cuenta con el cuidado y asesoramiento jurídico de su hija (Anna Ferzetti, incisiva), quien insiste en que firme la ley de eutanasia y lo trata de mantener con dieta rigurosa, mientras que su otro hijo vive en Canadá y se dedica a la composición musical, del pop facilón a alguna obra de mayor calado (Francesco Martino); también es apoyado por su jefe de seguridad personal, incluso dando consejos sí pedidos (Orlando Cinque, comprensivo); por el ministro de justicia y amigo de toda la vida con quien tiene un diferendo (Massimo Venturiello, enredoso), además del coronel y sus anécdotas; de alguna eficaz asistente y, desde luego, de su amiga de antaño, crítica de arte con agudo y negro sentido del humor, soltando verdades a la primera provocación (Milvia Marigliano, implacable).
La cámara de Daria D’Antonio se pasea discretamente por los espacios del palacio del gobierno, las presentaciones artísticas, la cárcel visitada, el establo y la salida recurrente junto a la torre para fumar, capturando las escenografías con amplitud entre algún plano más cerrado del presidente; captura las conversaciones con un Papa moderno (Rufin Doh Zeyenouin, sapiente) —figura que el director ha retomado en las miniseries El joven Papa (2016) y El nuevo Papa (2020)—, y se entromete también en los recuerdos al observar a la esposa amada en su nebuloso recorrido o un hábitat arbolado, así como en el caminar ralentizado y dificultoso del presidente portugués, mientras que la iluminación juega su papel narrativo cuando se posa sobre el medio rostro del protagónico o alumbra discretamente algún recinto donde sigue habitando el cuestionamiento y la duda dolorosa, anunciada en esos lances de techno que aparecen de pronto, entrecortando la posibilidad de pensar sin dejarse llevar por los sentimientos.
No estamos frente a La gran belleza (2013), a pesar de la aplazada entrevista de Vogue, sino ante las dudas permanentes como motor de análisis, tanto en los temas públicos como en los personales: la infidelidad de la que fue víctima, quién y por qué; la posibilidad de una nueva relación con la embajadora saliente de Lituania; la culpabilidad y el merecimiento del perdón; la muerte en sus diversas formas, asumida o buscada, rondando en las leyes y en los hechos, en los humanos y en el simbólico caballo agonizante, acaso tratando de explicar quién firmaría o no esos tres documentos para cerrar su mandato, necesariamente quedando bien y mal ante la opinión pública: Fue la mano de Dios (2021). Una de sus películas mayores.