Música popular en el Cervantino 2018: amores

Ciudad de México /

Manifestaciones sonoras que responden a historias largas de pueblos que se manifiestan a través cantos y ritmos. Un par de ejemplos que se insertan en los sabores de la tierra bien abonada con tradiciones estéticas que se niegan a la mera repetición, buscando expresar pensamientos y sentimientos acerca del mundo que nos ha tocado vivir.

El amor como una forma de melancolía

El bosnio Damir Imamovic (Sarajevo, 1978) trae la música en los genes, heredada por su padre y su abuelo, enclavados en el género conocido como sevdah, de fuerte carga regionalista con influjos de intensa nostalgia. Desde adolescente, en plena guerra de los Balcanes con toda la locura étnica de por medio, empezó a tocar la guitarra acaso como antídoto emocional frente a la barbarie vivida. A principios del siglo empezó a dar conciertos por la región y posteriormente grabó Damir Imamovic Trio (2006), su primer disco bien asentado en la tradición pero ya con miras hacia espacios sonoros actuales que pudieran nutrir la propuesta originaria.

Siguió la aparición de Abraševic Live (2008), que abrió fronteras más allá de las tendencias nacionalistas, ampliación a la que también ayudó el documental Sevdah (2009), dirigido por Marina Andree-Škop. El ídem Damir Imamovic (2010), marcó un rumbo solista en el que a través de diez piezas transita por las atmósferas de la melancolía ancestral, habitada por fantasmas cuya presencia no se puede manifestar por completo pero que sabemos continúan allí, esperando el regreso de tiempos idos. Una sensación de añoranza que se comparte con la palabra, no siempre comprendida, pero reflejada en las entonaciones del canto y la desnudez de la guitarra. Por su parte, Svrzina Kuca (2011) recogió presentaciones en vivo en Sarajevo. El año siguiente, el cantautor formó un trío con el bajista Ivan Mihajlovic y el percusionista Nenad Kovacic con quienes produjo Sevdah Takht (2012) y con la vivaz adhesión de la violinista Ivana Djuric, presentó Dvojka (2016), coloreando su apuesta orientada a la actualización de la memoria. Además, Imamovic ha desarrollado labores didácticas, de extensión cultural y de expansión, como en el caso de sus actividades como productor. Un hombre que al entender su entorno lleno de disputas y odios irracionales, ha tendido puentes interculturales y a apostar al amor como forma de canto, vida y entendimiento fundamental, más allá del accidente donde nos tocó nacer.

El amor es celebración

Con Siripo, grupo que combinaba diversas manifestaciones artísticas incluyendo el performance (cuando no se le llamaba así) y la respectiva carga ideológica acorde a los momentos que corrían, Alberto Caleris participó en El hermano luminoso (1976), grabado en México, y en Disco simple (1979); ya con su firma, grabó Mientras suenen las melodías (1983) de aliento rural y Estaciones (1986), salpicado de reflexiones sobre los subidas y bajadas de los trenes, con todo y esos tiempos de espera en los que parece que no pasa nada, pero en realidad sucede todo. Romance de las ciudades (1988) marcó su llegada a Quito, con todas las sonoridades que ello implica, como se advierte en Deseos sin censura (1992).

Después, la cotidianidad platicada a partir de rítmicas diversas propias de la fusión caribeña, volteando los ojos al cielo para inspirarse en los olores, sabores y texturas de la tierra que se encuentra con un océano abierto a cualquier influencia que enriquezca el sonido originario. Algunos discos de carácter infantil en compañía de UNICEF, colaboraciones para varios álbumes y algunas obras en vivo, dieron continuidad a su producción durante el final de la década de los ochenta y a lo largo de los años noventa, como el más convencional Luna y harapos (1997) y Guapulo (1999), grabado junto con el grupo cubano Moncada.

Vinieron entonces un quinteto de obras conformando una serie que inició con Fiesta en el mar (2002), de carácter fundacional y recorriendo las tribulaciones de Latinoamérica; Bandas de serenata (2006), como para despertar a los vecinos de buenas; Cayapa: sensaciones de la calle (2008), insertado en las claves de sonidos urbanos empapados de sal; Diabluras y santerías (2014) para dejarse acompañar por un Virgilio rítmico y Color de África (2017), retomando raíces para no perder piso y conjuntando sonidos del verdadero viejo continente con los influjos costeños del cono sur americano.

cinematices.wordpress.com
Twitter: @cuecaz

  • Fernando Cuevas
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS