Padre, madre, hermana, hermano: silencios familiares

León /

Las familias cargan múltiples sentimientos, experiencias, conflictos y complicidades que en ocasiones llevan a la ruptura y en otras a fortalecer los vínculos. Las dinámicas cambiantes dependen de transformaciones individuales, decisiones que involucran a terceros, disputas motivadas por desacuerdos sobre alguna situación o de los momentos y contextos que se estén viviendo, entre separaciones, despedidas, muertes, nacimientos o llegada de nuevas parejas. Después están las coincidencias, las simpatías y antipatías, las solidaridades o las envidias que se van construyendo a lo largo de los años. Son las personas que uno no elige pero con las que difícilmente se puede ser indiferente.

Tras seis años de su fallida comedia zombie Los muertos no mueren (2019), Jim Jarmusch (Sólo los amantes sobreviven, 2013; Vacaciones permanentes, 1980) recupera el toque maestro al sutil estilo de Las flores rotas (2005) y Paterson (2016) y se entromete en tres realidades familiares a partir de sendos encuentros específicos, vía la notable y quirúrgica Padre Madre Hermana Hermano (EU-RU-Italia-Francia-Irlanda-Alemania, 2025), cargados de conversaciones forzadas, miradas cuestionadoras, amabilidades auto impuestas, menciones sobre las ausencias, recuerdos implícitos, pensamientos y sentimientos guardados, mucha contención y necesidad de apresurar el tiempo para volver a la cotidianidad interrumpida por esos encuentros cercanos e incómodos, tensos y significativos con ciertos destellos de afecto expresado más verbal que actitudinalmente.

Tom Waits vuelve al primer plano actoral tras Licorice Pizza (Anderson, 2021) y regresa a trabajar con Jarmusch después de su anterior cinta y en Café y cigarros (2003), también integrada por diversos episodios; voz radial en El tren del misterio (1989) y protagonista en Bajo el peso de la ley (1986). Ahora interpreta al Padre del primer segmento que recibe la visita de su hija e hijo (Mayim Bialik, Adam Driver, sobrios), quienes llegan a la casa a medio caerse con camioneta envejecida en la puerta, casi a checar cómo está después de un buen tiempo y así seguir con su vida; más cercano al anfitrión él que ella, ambos conversan entre sí de camino y al llegar van alternando la plática y la mecedora con la vista tranquilizadora al lago con su padre viudo, por momentos evasivo, discretamente errático pero tratando de cuidar las formas. Una llamada telefónica una vez que se han retirado los visitantes.

Charlotte Rampling, con esa mirada absolutamente inquisitiva, es la Madre, una novelista exitosa que no quiere hablar de sus libros en familia: recibe la visita de sus dos hijas con comportamientos contrastantes (Vicky Krieps, deshinibida; Cate Balnchet, en inusual papel de mujer tímida) para tomar el té y varios bocadillos, dispuestos organizadamente en la mesa donde se sientan las tres. La conversación fluye a contracorriente, apenas para ponerse superficialmente al día y también se busca apresurar el encuentro sin hacerlo tan evidente, en tanto la primera es llevada por una amiga (Sarah Green) que finge ser UBER –de regreso se lo enjareta a la cuenta de su madre– y la segunda llega apenas con su coche fallido. Una mirada mientras se van las visitas y la puerta que se cierra con firmeza.

La Hermana y el Hermano son gemelos (Indya Moore, melancólica; Luka Sabbat, tranquilizador) y se reúnen para terminar de arreglar los asuntos pendientes ante la muerte de sus liberales padres en un accidente aéreo; ella lo recoge tras comprar alguna sustancia y paran a tomar un café para de ahí dirigirse al departamento ya vacío que rentaban los padres, con todo y deudas, para rememorar hechos y afectos al tiempo que platican sobre su pasado común y sus expectativas particulares, hasta que son interrumpidas por la amable casera (Françoise Lebrun), quien de alguna manera los regresa al presente y a las nuevas realidades que habrán de enfrentar, tratando de encontrar Los límites del control (2009).

La elegante cámara se posa en los rostros dentro de las conversaciones en los automóviles y se ralentiza para capturar a los patinadores que están en todas partes; recorre la casa destartalada en un pueblo de Nueva Jersey en medio de un bosque nevado, en contraste con el impecable hogar en Dublín y el departamento vacío en París: ahí están los libros, las fotos, los adornos y demás recuerdos que capturan un pasado del que se deduce el específico momento presente, invadido de secretos y temas delicados, cuya mínima mención es anunciada por un vaporoso score, compuesto por el propio director, que se cuela en la difícil interacción como un subterfugio que avisa, quizá, que lo mejor es no ahondar en el asunto y seguir siendo Más extraño que el paraíso (1984), para después acompañar las difusas imágenes transicionales y pasar al siguiente relato.

Los reencuentros no son sólo con el Padre, la Madre o el recuerdo de ambos, sino entre los propios hermanos y hermanas, de pronto viéndose como extraños entre sí o recordando lo mucho que se querían, en algún caso, y que realmente se echaban de menos. Ahí están los rolex con sus distintos significados, y los dudosos brindis con agua, café y té, captados con elusivos picados por la cámara, que parecen formar parte de un ritual utilizado habitualmente para llenar el momento, mientras que los secretos se mantienen en el lugar donde deben estar: debajo de la alfombra, escondidos en las fotografías de rostros felices, en algún sobre recuperado o entre los libros que llenan alguna caja o desbordan el precario librero.

Hermanos, hermana: verborrea conflictiva

Llega la decisión de ver qué hacer con el padre octogenario que está empezando a tener comportamientos erráticos. Dos hermanos, uno con buena posición económica gracias a su matrimonio, y otro apenas sobrellevando su fracaso como actor y aceptando ser un tomate en un anuncio, y su hermana, una mujer de la academia en proceso de liberación, tratan de reunirse para tratar de mantener una conversación más o menos funcional en torno al asunto de su progenitor, si bien se atraviesan imponderables, temas conflictivos, prejuicios y rencillas que se van cargando en la relación filial.

Dirigida en enfático tono teatral por el barcelonés Cesc Gay (Sentimental, 2020; Truman, 2015; Hotel Room, 1998), y con narración que rompe la cuarta pared de la esposa de una de los hermanos (Alexandra Jiménez, negociadora), 53 domingos (España, 2025) se sustenta en diálogos mordaces que resultan claramente familiares y en las actuaciones de Carmen Machi, Javier Cámara y Javier Gutiérrez, encarnando a este trío fraterno atravesado por disputas y rebuscamientos, formas de ser muy distintas y, por lo visto, una evidente incapacidad para ponerse de acuerdo y resolver los problemas más apremiantes, como cambiar un foco o compartir una novela escrita, justamente, a lo largo de los domingos del título.


  • Fernando Cuevas
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