Un par de películas que cuestionan diversas prácticas sociales cada vez más extendidas y que, a pesar de ser distintas en tono, tema y forma, confluyen en integrar, como parte de su propuesta argumental, el problema de los tiroteos en lugares públicos, particular y trágicamente comunes en Estados Unidos, sobre en todo en escuelas, pero que empiezan a tener mayor presencia acá en México, tal como ocurrió con el tirador en la zona arqueológica de Teotihuacán, además de otros casos recientes.
Buena suerte, diviértete, no mueras
Un hombre del futuro (Sam Rockwell, desatado) llega a una cafetería en Los Ángeles para reclutar a algunas personas que se sumen a su misión: salvar al mundo de una inteligencia artificial que termina por controlarlo todo, incluyendo la generación de emociones para que uno piense y sienta que la vida va transcurriendo como se deseaba, aunque se trate de una manipulación y un engaño para mantener el dominio. Al más puro estilo de Hechizo del tiempo (Groundhog Day, Ramis, 1993) y retomando la idea de Terminator (Cameron, 1984), este poco confiable personaje de formas bruscas con vestimenta plástica y estética vagabunda, intentará cambiar su presente y el del mundo, viajando al pasado en lógica preventiva.
El equipo que logra armar se conforma por una madre que perdió a su hijo en un tiroteo (Juno Temple, misteriosa); una joven con alergia a las nuevas tecnologías que trabaja como princesa genérica, nada de Disney, en fiestas infantiles (Halye Lu Richardson, decidida), en una de las cuales conoce a su novio (Tom Taylor, atrapado); un par de docentes preparatorianos en problemas con los amenazantes estudiantes (Zazie Beets y Michael Peña), y por un taxista que gusta de llevar la contraria (Asim Chaudhry), entre otros integrantes que mueren pronto en esta extraña gesta en la que deben llegar a una casa, mientras atraviesan varios peligros que pudieran ser un par de sicarios, perros bravos, adolescentes enajenados al estilo de La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968) o alguna extraña criatura producto de la imaginación que se vuelve realidad en un mundo en el que las diferencias entre la virtualidad y la tangibilidad ya no son claras.
En paralelo y gracias a una lograda edición en la que se soporta el guion de Matthew Robinson (Love and Monsters, 2020; La mentira original, 2009), vamos conociendo las vidas de cada uno de los miembros del equipo, entre las que se insertan temáticas relacionadas con la dificultad de la docencia en tiempos de aparatos móviles que capturan toda la atención, como si se viera un video de El aro; la fuerte tentación de irse a vivir a una realidad virtual y el dolor causado justamente por los tiroteos escolares, incluyendo la presencia de una empresa que se dedica a devolverle a los hijos a las madres a través de un proceso de clonación, como si fuera ya una opción totalmente normalizada y que hasta sirve para divertirse y socializar, probando diferentes tipos de “hijos”, ya en plena frivolidad y banalización.
Con Buena suerte, diviértete, no mueras (Alemania-EU, 2025), Gore Verbinsky (Un ratoncito duro de cazar, 1996) vuelve en plena forma, tras las olvidables La cura siniestra (2016) y El llanero solitario (2013), al nivel de Rango (2011) y El sol de cada mañana (2005), arriesgándose en el tratamiento de temas que fácilmente se podrían convertir en obvio panfleto, pero que gracias al toque de comedia oscura y al absurdismo, consiguen trascender la denuncia superficial para convertirse en una serie de apuntes que dan en el blanco sin tomarse excesivamente en serio, a partir de una combinación de crítica social, comedia negra, ciencia ficción y fantasía que transcurre con un score incidental, un creativo diseño de producción (esa montaña de cables y los juguetes a la Toy Story) y fotografía que juega con las iluminaciones y tonalidades según los momentos y contextos tanto temporales como virtuales, pasados, presentes y futuros.
El drama
Una pareja planea su boda, mientras vamos acompañando los momentos en los que se conocieron, su primer beso y la convivencia diaria, entre pruebas de comida, ensayos del baile nupcial y las emociones propias de este tipo de celebraciones. Ella trabaja en una librería y es sorda del oído derecho –aunque una vez contesta el teléfono por ahí– (Zendaya, atravesando diversos estados de ánimo), mientras que él, inglés, se desempeña en un museo británico de Boston (Robert Pattinson, confundido). En una de esas pruebas de coctelería, acompañados por una pareja amiga (Alana Haim, juzgona; Mamoudou Athie, conciliador), la conversación gira a que cada quien comparta qué es lo peor que ha hecho y a partir de ahí, el vínculo se trastoca y las dudas, inquietudes y reacciones viscerales se incrementan, como con la compañera de trabajo (Hailey Gates).
Escrita y dirigida por el noruego Kristoffer Borgli (Enferma de mí, 2022; Energízate con Drib, 2017), regresando después de la desperdiciada El hombre de los sueños (2023), El drama (EU, 2025) parte de la estructura argumental de la comedia romántica con tintes, justamente, melodramáticos, pero toma un rumbo, si bien riesgoso, de mayor profundidad que la mayor parte de los filmes de este tipo, trascendiendo el conflicto habitual que se presenta en las parejas en cuestión para llevarlo a reflexiones más amplias de carácter social y relacionadas con la hipocresía impuesta, bien reflejada, por ejemplo, en la encargada de tomar las fotografías, tratando de crear una fantasía afectiva a través de las fotos que no existía en ese momento, o bien en la autoproclamada superior moral de algunas personas subidas en un ladrillo.
El tono dramático, además de centrarse en la pareja protagónica con ciertos lapsos de comedia negra soportados por el sutilmente intrusivo y disonante score de Daniel Pemberton, apunta hacia la forma en la que se juzga y cancela a los demás sin mediar mayor reflexión, ya no se diga con la posibilidad de detenerse primero en lo que uno ha hecho: se dicta sentencia contra la DJ de la boda que es vista fumando heroína en la calle (Sidney Lemmon); al pasado estudiantil cuando se tuvo una idea siniestra que no se ejecutó y a las infidelidades sin posibilidad de enmienda. Bajo la premisa de que la gente no cambia y no es capaz de reconocer sus errores y enmendar el camino, se plantan etiquetas que afectan para siempre: aunque queda la opción de empezar otra vez, como si fuéramos desconocidos.