La inteligencia artificial no viene a quitarnos el trabajo. Viene a cambiar lo que el mercado considera valioso. Y eso implica dejar atrás la comodidad de conformarnos con lo suficiente.
En las últimas semanas, distintos líderes empresariales y académicos coincidieron en algo incómodo: la inteligencia artificial no desplazará empleos en un futuro lejano. Lo hará en los próximos 18 meses. Y la barrera no será la tecnología. Será el talento.
La IA no reemplaza a los mejores. Reemplaza lo repetitivo. Hoy puede redactar reportes, resumir juntas, analizar datos y responder correos en segundos. Si el valor profesional de alguien se limita a ejecutar instrucciones, el problema no es la herramienta. Es el estándar con el que nos formamos y el estándar que aceptamos.
Después de años liderando equipos y gestionando talento, lo he comprobado: los perfiles que más sufren no son los que saben menos tecnología, sino los que operan sin cuestionar. La IA reemplaza ejecución automática. No reemplaza criterio, creatividad, narrativa, ni liderazgo. Y ahí está el punto incómodo: la habilidad del futuro no es programar. Es decidir.
Decidir qué priorizar. Qué ignorar. Qué historia contar. Qué experiencia diseñar. Qué problema vale la pena resolver. En un entorno saturado de información, la ventaja competitiva no es producir más. Es pensar mejor. Pensamiento crítico, comunicación estratégica, creatividad aplicada y tolerancia a la ambigüedad no son habilidades “blandas”. Son infraestructura profesional.
Las organizaciones que prosperen no serán las que adopten más herramientas, sino las que desarrollen mayor ambición en su talento: ambición de aprender más rápido, de incomodarse, de elevar el estándar. Si la educación y las empresas siguen premiando la obediencia sobre el criterio, no perderemos empleos por culpa de la IA. Los perderemos por falta de exigencia. La automatización no eliminará el trabajo. Eliminará el valor de lo promedio.
No necesitamos jóvenes que compitan contra máquinas. Necesitamos personas que sepan dirigirlas, que integren tecnología con juicio, empatía y visión estratégica. La pregunta no es si la inteligencia artificial transformará el mercado laboral. Eso ya está ocurriendo. La pregunta es si estamos formando profesionales adaptables, críticos y estratégicos.
Y esa diferencia no la define la tecnología. La define nuestra ambición.