La consigna es muy clara, pide algo muy sencillo: quédate en casa. Las complicaciones vienen después, en cuanto se trata de concretar eso. La instrucción supone, para empezar, no solo que hay casa, sino que allí pueden estar con mínima comodidad todos los que viven en la casa, y que pueden pasar juntos todo el día y varios días. Y además seguir de alguna manera con su vida. No está claro.
El confinamiento doméstico que se ha adoptado en la mayor parte del mundo es un experimento social sin precedentes, cuyas consecuencias son absolutamente impredecibles, pero van a pesar durante mucho tiempo. No discuto la eficacia que pueda tener la medida para controlar la epidemia: de hecho, es uno de los recursos de protección más obvios, y más antiguos (en el siglo XVII se llegaba a tapiar las puertas y ventanas, para encerrar en casa a quienes se habían enfermado, junto con sus familias, para evitar el contagio). No pienso en las consecuencias médicas, sino sociológicas.
Quien dice: quédate en casa, supone que esa casa existe. Por eso la medida obliga a pensar en todos aquellos que no la tienen, y no tengo en mente solo a los indigentes, sino a quienes viven en una pensión, o arrimados, sin domicilio fijo, o en asilos o residencias. Para todos ellos el encierro significa otra cosa. Pero hay algo más: aunque no se dice, se supone que en casa está la familia (y cuando se dice, es con mayúsculas: La Familia). Y aunque no se dice, se supone que eso es algo bueno.
No se menciona nunca a quienes no tienen en casa a esa familia. Sin que nadie lo haya pensado, por el bien de todos, a ellos se les impone un confinamiento solitario (y si alguien lo piensa, tampoco le concederá mucha importancia: después de todo, existe el teléfono).
Es curioso, a pesar del militante individualismo de las últimas décadas, nuestra sociedad sigue siendo incapaz de hacerse cargo de lo que significa la soledad. Ni sabemos qué hacer con ella.
Finalmente está la casa, la familia. Mucha de la literatura de los últimos dos o tres siglos, de Anna Karenina a Bernarda Alba, se refiere a lo que sucede en la casa, y no suele ser apacible. Desde luego, no invita a un largo encierro. En todo caso, la cuarentena hace evidente que ese espacio íntimo: seguro, cerrado, estable, solo es seguro y estable mientras está conectado con el resto del mundo. Hace falta la escuela, la vecina que ayuda, la que molesta, la tienda de la esquina, los parientes incómodos, la cancha de fut, el tianguis, el rincón en que uno se esconde para fumar, para llorar, sin todo eso el hogar deja de serlo, no puede ofrecer ni seguridad ni estabilidad. Librada a sus propios recursos, la familia entra en crisis, porque no puede reducir la tensión centrífuga de que está hecha. El encierro hace que la regularidad íntima que llamamos hogar entre en un proceso de desorganización, porque nada está en su sitio.
Sucede en todas partes. Sobre drogas no hay información, pero ha aumentado el consumo de alcohol, también la violencia doméstica. Para cuando vengan tiempos mejores, acaso valdría la pena mirar todo eso que aparece cuando uno se queda en casa.