Festejar la derrota

Ciudad de México /

El presidente Donald Trump no quiere pelear una guerra, pero quiere ganarla, y eso es un problema. Normalmente, en Estados Unidos las guerras contribuyen a que aumente el respaldo del gobierno, la popularidad del presidente, pero las últimas, Irak, Afganistán, Siria, han sido desastrosas desde cualquier punto de vista —y continúan, sin que se pueda saber qué sería una victoria. El presidente Trump no quiere una guerra, no quiere enviar a decenas de miles de militares estadunidenses a ninguna parte, pero necesita exhibir un triunfo.

A Trump le gusta definirse como “el gran negociador”, aunque siempre presenta la negociación como un combate, porque de otro modo no tendría mérito salirse con la suya: no sería una victoria. En su lenguaje negociar es en realidad una forma de extorsión. No se trata de llegar a un acuerdo, sino de imponerse, ganar. Y por eso comienza siempre con amenazas desorbitadas, es la estrategia del matón. No siempre funciona.

Comenzó ya la campaña presidencial, Trump necesita una victoria. Por eso ha subido el tono en todos los frentes. En primer lugar, con China. Es poco probable que las fricciones actuales terminen por desatar una guerra comercial a gran escala, porque nadie podría ganarla. El problema es que China no puede ceder: es una superpotencia, está en juego su prestigio, pero además ha comenzado a debilitarse su empuje económico. Más que nunca tiene que hacer demostración de fuerza. Igual que Trump. Y eso complica mucho las cosas.

El otro escenario en que ha subido el tono últimamente ofrece incluso peores perspectivas: Irán. Es la guerra que querría pelear el asesor para la seguridad nacional, John Bolton, por motivos puramente ideológicos, la que querrían, cada uno con su cuenta y su razón, Israel y sobre todo Arabia Saudita. Pero los militares estadunidenses saben que el territorio de Irán es tres veces el de Irak, y su población de más del doble, y saben que sería imposible mantener la guerra dentro de esas fronteras. El presidente amenaza solo para obligar a Teherán a negociar, que es lo único que no se puede permitir en este momento la República islámica.

Está también Venezuela, que tampoco tiene solución. La opción militar parece más remota cada vez que el secretario de Estado dice que no la han descartado. La improvisación, la falta de oficio, el desprecio del resto del mundo, la urgencia de alcanzar una victoria definitiva por su cuenta y riesgo los llevó a inducir la fallida revuelta de Juan Guaidó, que lo quemó irremediablemente como opción —y dejó a la comunidad internacional en una situación imposible.

El presidente Trump no quiere una guerra, pero necesita una victoria. Es decir, necesita a alguien que esté dispuesto a ceder de antemano. Y desde luego, el candidato que queda más a mano es México. El aislamiento voluntario, deliberado, del gobierno mexicano, la renuncia a siquiera formular una política exterior, le vienen como anillo al dedo. De modo que amenazará con el muro, con la expulsión de migrantes, con denunciar el tratado de libre comercio. Y aquí se festejará como un logro que no haya marines en el Zócalo.

  • Fernando Escalante Gonzalbo
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS