Dicen que son pocos los estudiantes que mantienen tomadas las instalaciones de Canal Once y de la ENCB. Cuentan mal. Son muchos más.
En cada uno de esos jóvenes están las generaciones de politécnicos que, en 90 años, han salido a las calles a defender el presupuesto de esta noble casa de estudios. De aquí han egresado miles de profesionistas con una vocación inquebrantable: servir a la patria. Aquí llegan, de todos los rincones del país, los más pobres, con una sola riqueza: sed de estudiar.
Con la llegada de Arturo Reyes Sandoval a la Dirección General, hace seis años, el IPN se vino abajo. Nombrado sin conocer la institución, en su primer año ni siquiera recibía a los directores de nivel medio, superior y posgrado. Encerrado en su despacho, o dirigiendo desde casa, pretendió gobernar al Politécnico.
Para la Secretaría de Administración nombró a Javier Tapia Santoyo, hoy vinculado a proceso por presunto desvío de recursos. La comunidad politécnica lo denunció a tiempo. No fue escuchada.
Fueron seis años de paros incontables. Cada ciclo, al menos una unidad académica iniciaba el semestre con dos meses sin clases. Sólo en 2022, más de veinte escuelas estallaron a la vez, hartas de un trienio de autoritarismo y corrupción.
El movimiento actual no nació por capricho. Detonó por carencias elementales: falta de becas, de insumos, de infraestructura, laboratorios abandonados, apagones constantes, sin agua para beber y sin internet para clases. A ello se sumaron despidos injustificados y opacidad en el manejo del Patronato Corazón Guinda y Blanco.
Ante la falta de respuestas, los estudiantes se vieron obligados a ir a Canal Once. No para censurarlo, sino para hacerse oír. Entendieron que esa pantalla, que nació del Poli en 1959 y es orgullo del Politécnico, era el único altavoz que la administración no podía silenciar.
Hoy el problema es mayor: a las mesas de trabajo acuden los mismos funcionarios que provocaron el caos y la corrupción. Con los mismos interlocutores, la solución se aleja.