Nintendo presentó hoy, en el Direct dedicado a los 40 años de “The Legend of Zelda”, una nueva Nintendo Switch 2 que combina los colores negro, dorado y verde, con la Trifuerza y el escudo de Hyrule repartidos por toda la carcasa, Joy-Con 2 que combinan y hasta un estuche para cargarla a todos lados. Por dentro es exactamente la misma consola que salió hace meses. Ni un gigabyte extra de RAM. Y aun así, hoy Zelda fue tendencia en X, en TikTok y en las búsquedas de Google. Eso, más que cualquier ficha técnica, es la noticia real.
Porque llevamos años repitiendo que Nintendo es Mario. Y sí, Mario vende más, aparece en más camisetas, tiene su propia película y su propio parque temático. Pero Mario es un nombre común, uno que cualquier bebé se pudo haber ganado sin que nadie lo relacionara jamás con un videojuego. Zelda no. Zelda es, desde 1986, sinónimo de una sola cosa.
Ahí está Robin Williams, que se enganchó con el primer Zelda en 1987 junto a su esposa y su hijo, y dos años después le puso a su hija el nombre de la princesa: Zelda Williams. No fue ocurrencia de famoso aburrido, fue devoción pura. John Cena lo ha repetido en entrevistas y en Instagram. Gaten Matarazzo, el Dustin de “Stranger Things”, alguna vez confesó que soñaba con una película animada de la saga. Pues bien, ya tiene su película: hoy Nintendo reveló que se llamará simplemente “The Legend of Zelda”, con historia original, y que llega a los cines el 30 de abril de 2027. ¿Cuántas franquicias de videojuegos generan ese tipo de devoción, cruzando generaciones y hasta la industria del cine?
En mi propia casa tengo la prueba. Mi hijo Matías, de 13 años, no le entró a Zelda hasta hace un año , cuando por fin entendió los acertijos, y ya no lo soltó. Del otro lado está mi novia, Alejandra, que no es fan de los videojuegos, pero hay un nombre que conoce de memoria: Zelda. Se lo debe a su papá, Flavio, que ya no está con nosotros y al que ella recuerda sentado frente a la consola, resolviendo los mismos laberintos de Hyrule que Nintendo sigue vendiendo cuatro décadas después.
Eso es lo que ninguna otra saga de Nintendo, ni de la industria, ha logrado igual: que un papá que jugó Zelda toda su vida le herede ese mundo a sus hijos, y que el legado siga de pie aunque él ya no esté. Mi hijo apenas empieza a recorrer Hyrule; Flavio lo recorrió durante años y se lo dejó a su hija sin que ella tuviera que tocar un solo botón. Ahí sigue Robin Williams, el actor de Hollywood muerto hace más de una década y recordado, entre otras cosas, por haberle puesto a su hija el nombre de una princesa de píxeles.
Por eso no sorprende que una consola que en los hechos, no cambia nada respecto a su hermana original, haya generado hoy más ruido que muchos lanzamientos con especificaciones nuevas. No estamos comprando una caja distinta: compramos la nostalgia, el pretexto para volver a Hyrule, la excusa para que un niño agarre el control mientras alguien más, aunque no juegue, reconoce cada rincón con solo verlo en pantalla.
Nintendo lo sabe. Por eso el 29 de octubre nos va a vender otra vez lo mismo, nada más que de otro color. Y por eso, otra vez, se lo vamos a comprar.