El poder ha pasado por distintas facetas a lo largo de la historia, pero en casi todas, se trata de pequeños grupos que dominan a las mayorías. Plutócratas, teócratas, oligarquías, dictaduras civiles o militares, en teoría fueron desterradas por la democracia.
No obstante, la democracia, dada su naturaleza, ha permitido la coexistencia de poderes formales y poderes fácticos en su seno. De tal forma que, del poder de Dios, o del poder que emanaba la fuerza militar, o del poder que otorga la pertenencia de un mandatario a una organización o a un grupo de intereses económicos, solo han cambiado los prestanombres.
Para derrocar el poder de Dios, nacieron las repúblicas. Se separó la Iglesia del estado. Se establecieron derechos. Igualdad, fraternidad y justicia imperaron dos siglos. Luego vinieron los totalitarismos con sus expresiones a la derecha y a la izquierda y con ello, la pérdida de libertades y un control férreo del estado a los individuos. Posteriormente, vino el poder político en manos de los civiles y poco a poco, de la mano de estos, el arribo del poder económico, usando como plataforma al poder civil emanado de la democracia.
A raíz del triunfo de Andrés Manuel López Obrador, se pretende imponer una narrativa en la que el poder político, pondrá en su lugar al poder económico. En teoría, el planteamiento es deseable y saludable. Supone fortalecer al Estado, recuperar autonomía y tomar distancia de los grupos que, de una u otra forma, han tenido secuestrada a la clase política, convirtiéndola en una suerte de mandaderos de sus intereses.
No obstante, la ruta elegida para tal odisea, no se plantea desde la justicia o el estado de derecho; tampoco, desde el rediseño del régimen o mediante el fortalecimiento de las instituciones, ni desde la rendición de cuentas; pero sobre todo, no se da desde la congruencia y la memoria.
Lejos de ello, está sucediendo como la respuesta unipersonal del mandatario electo ante quienes lo desafían o no se alinean a su credo. Se trata de una revancha y un manotazo en la mesa, no de un plan que redefina los roles de los actores involucrados.
Se trata de un proceso selectivo en el que, figuras de “la mafia del poder”, como Televisa, son ahora una empresa “extraordinaria para el país”. Se trata de actos de poder, no de transformación. Es el relevo de las pleitesías y la creación de un nuevo orden político, más no de un nuevo orden institucional.
A las mentiras, desinformación, división social, falta de proyecto y visión equivocada de país, sumémosle esta vendetta personal.
franklozanodelreal@gmail.com
El poder político y el económico
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Frank Lozano
Jalisco /
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