A punto de concluir todos las impugnaciones sobre los comicios de 2018, y con ello la culminación de todos los procesos electorales, federales y locales, es conveniente hacer una reflexión en torno a ellos. Esto es necesario, pues aunque es común que en los discursos oficiales se aluda a las elecciones como una fiesta democrática, lo cierto es que las cifras revelan otra realidad.
Recientemente fue presentado el informe: “Delitos electorales, incidencia y evolución más allá de los partidos políticos”, elaborado por el Observatorio Nacional Ciudadano, en cual se hacen revelaciones que desmienten la versión romántica de los comicios, pues actualmente poseen una muy importante dosis de violencia.
El Informe sostiene que proceso electoral vivido entre el 8 de septiembre de 2017 y el 1 de julio de 2018 es el más violento que haya tenido nuestro país. En ese periodo se registraron 774 agresiones a políticos que participaron en esta contienda, 152 de los cuales, fueron asesinados.
Aunque el 76 por ciento de los actos violentos ocurrieron durante las campañas, el 1 de julio se registraron 138 agresiones en 26 entidades del país, de los cuales 115 (83 por ciento) fueron contra militantes de oposición: 50 vinieron de comandos armados; 30 de grupos de choque; 31 de militantes de partidos, incluyendo funcionarios y policías municipales; nueve de secuestradores; dos del crimen organizado; y 16 de desconocidos, asaltantes y pobladores.
Es importante destacar que la media nacional es de 24 actos violentos por estado, durante el periodo del Informe. Sin embargo, entidades como Puebla (89), Guerrero (63), Oaxaca (54) Estado de México (46) y Veracruz (44) superan por mucho este promedio. Llama la atención que una entidad como la mexiquense, al lado de la capital del país, esté en el cuarto lugar, muy lejos de Aguascalientes, con un solo caso de violencia política.
Ahora que tanto el país como el estado de México cuentan con nuevos legislativos, es momento de repensar las elecciones. Los comicios deben volver a su concepción original; tienen que ser una herramienta política para disputar el poder de manera pacífica y periódica. En la política, a diferencia de la guerra, la violencia no puede ser una de sus características cotidianas, ni formar parte de la normalidad. Instituciones, partidos, gobiernos y ciudadanos deben hacer todo lo que les compete para erradicar la violencia del espacio electoral. Hay tiempo suficiente.
2018 ¿fiesta democrática o espiral violenta?
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Gabriel Corona
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