Dicen que no escogemos a la familia donde nacemos. Algunas corrientes espirituales de Oriente, afirman que antes de venir a vivir a la tierra, en el reino energético, elegimos previamente a aquellas personas que formarían parte de nuestro entorno y hogar.
No se tiene la familia que se quiere, se tiene la que necesitamos. La que nos complementa y nos hace crecer. A la que podemos aportar y servir. La forma en cómo nos educaron, lo que nuestros padres fueron capaces de dar, lo que tuvimos y lo que no, son parte de un enorme rompecabezas en el tiempo, compuesto de piezas de experiencia que nos hacen crecer.
A veces pensamos que hay experiencias que desearíamos no haber vivido. Cosas del pasado y decisiones que tomamos que quisiéramos poder borrar. Pero si eso ocurriera, dejaríamos de ser quienes somos, eso borraría la sabiduría y el conocimiento, y todos los matices emocionales producto de cada suceso.
Abrazar el pasado es reconciliarnos con nuestra historia; con una historia en la que a veces no sólo hay dolor, sino también horror. Hay personas que nos hielan la sangre cuándo nos narran su pasado. Que nos dejan sin comprender cómo le hicieron para asimilar lo vivido.
Que expanden nuestra capacidad de asombro cuando creíamos que lo habíamos escuchado todo. Son almas con un poder de resiliencia que escapa a toda medición conocida. Por supuesto que no es fácil asimilar el dolor; pero es posible cuando se tiene una conexión con el espíritu, un motivo porqué vivir, una bandera en la cual creer.
Reconciliarte es entender que así tocaba, que así fue diseñado el escenario de tu aprendizaje. Qué lo que vive dentro de ti al final es más fuerte que lo que pasa afuera. No es fácil. No es sencillo.
Pero si trabajas en eso, te dará mucha más paz, que la que el rencor puede proporcionarte. Ir odiando a gente que un día nos hizo daño y que ya ni siquiera se acuerda de nosotros, sin duda es una postura poco inteligente.
Darle vida al dolor viejo, es volvernos sus esclavos. “Te libero y me libero. Te perdono y me perdono. Puedes ir en paz. Te dejo ir en paz. Yo estoy en paz”. Repítelo muchas veces; hasta que tu mente y tu corazón lo atraigan como una realidad.