Es una de las preguntas más frecuentes y ambiguas frente a los diferentes enfoques psicoterapéuticos, cuando estamos intentando procesar una experiencia sumamente dolorosa por la partida física de un ser querido, relaciones que concluyen, periodos laborales que finalizan ante el retiro o incluso pérdidas materiales o cambios de residencia.
Responder esta pregunta es muy difícil, porque lo único que se tiene definido, son estadísticas promedio sobre el tiempo que a una persona le lleva para que su vida continúe siendo funcional en todos sus ámbitos. El promedio oscila entre seis meses, un año y hasta año y medio. Sin embargo, eso no significa que el dolor y la nostalgia se marchan en definitiva; simplemente se aprende a vivir con la ausencia y con el cambio, y se enfoca la energía para seguir trabajando, socializando y reconstruyendo relaciones.
Isaura Valdez, una gran amiga, enfrentó quizá el proceso más doloroso que puede experimentar un ser humano: mirar partir a un hijo a temprana edad. Y sobre esa experiencia escribe: “APRENDER A SOLTAR. Cuando estamos viviendo un proceso de duelo por la trascendencia de un ser querido, divorcio o separación de pareja, etc. es frecuente escuchar esta frase: “ya suéltalo”. Pero hay mucha confusión entré soltar y olvidar.
Enfoquemos lo que es aprender a soltar: Soltar es no dejar que el dolor de lo vívido se quede en ti, no permitiendo avanzar con tu vida.
Soltar es mirar el dolor de frente permitiendo que las emociones qué genera fluyan en ti.
Soltar es ser resiliente, que es lo que nos permite atravesar la vida con más aceptabilidad.
Es buscar un nuevo propósito para seguir y darle un nuevo sentido a tu vida”.
Cada quien encontrará una velocidad y estrategias distintas para enfrentar un duelo; ayuda mucho entender que somos pasajeros y nada nos pertenece. La espiritualidad y la fe. Fortalecer las relaciones familiares y las amistades. Ciertamente se necesitan momentos a solas para llorar y gritar, pero el encierro prolongado es el peor de los caminos.
Cuando las fuerzas humanas terminan, las puertas de la divinidad siempre estarán abiertas: no necesitamos que el dolor se convierta en sufrimiento.