Dejar de comparar a nuestros hijos

  • Semillas de conciencia
  • Gabriel Rubio Badillo

Tamaulipas /

Una señora llevaba a terapia a su hija preadolescente, con la idea de mejorar su desenvolvimiento social y sus habilidades de expresión. Mientras describía su personalidad, me aclaraba que, a diferencia de sus limitaciones emocionales, su desempeño académico era más que excelente.

Hablaba de una historia de productividad e iniciativa en sus responsabilidades escolares desde temprana edad. Y enseguida agregó “en cambio a mi hijo (con el niño ahí presente y de escasos siete años) la escuela no se le da. Es todo lo contrario a mi hija. Es muy lento para aprender, batallo mucho con él con las tareas, nada que ver con su hermana.

Ella a su edad ya era bien inteligente, hacía todo por su cuenta, yo no tenía que revisarle nada. Los maestros siempre me felicitaban… en cambio con este niño siempre han sido puras quejas”.

Como pude, traté horrorizado de frenar su discurso descalificante, mientras miraba al niño sonriendo (quizá de nervios) y con una expresión de resignación en su rostro, muy probablemente acostumbrado a recibir todas esas etiquetas.

Lo estaba presenciando y no lo creía. Fue impactante la naturalidad y la normalidad con que comparaba a su hijo con su hermana mayor y lo ponía por los suelos en cuanto al rendimiento académico.

Me llamó la atención que no escuché un solo comentario positivo, ni el reconocimiento de ninguna virtud sobre el niño. El total de su conversación giró en torno a halagos hacia la chica.

Las consecuencias psicológicas al pasar de los años de ese tipo de etiquetas y comparaciones, son patentes también en la experiencia psicoterapéutica. Muchos adultos refieren no poder deshacerse del estigma con que crecieron. Recuerdan las frases comparativas y descalificantes como si hubieran ocurrido un día anterior.

Ese tipo de comandos familiares, provocan a futuro parálisis emocionales; una sensación de no merecer, un miedo que restringe el crecimiento y nos hace perder valiosas oportunidades.

Por supuesto que como adultos, tenemos el potencial para cambiar esos designios, pero si los padres conectáramos la boca con el cerebro cuando nos dirigimos a nuestros hijos, estaríamos hablando de herencias muy distintas.


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