Detenerte un momento…

  • Semillas de conciencia
  • Gabriel Rubio Badillo

tampico /

Una señora, afuera de una fonda con el menú en la mano, invitaba a la gente a pasar a su local. Y caminando frente a ella, comienza a narrarme el contenido de la carta de los guisos del día.

Le respondo con un ademán de agradecimiento y con una sonrisa y me devuelve otra igual.

Solamente le brindé un poco de atención diciéndole que en otra ocasión volvía, pero bastó para generar de inmediato un gesto agradable en su rostro.

Me hizo meditar en los enormes cambios que se pueden operar en las personas cuando dejamos de ignorarnos; cuando no solo nos seguimos de largo.

Entre la multitud, todos se afanaban en sus respectivos puestos de trabajo, algunas personas reaccionaban a las invitaciones, otras continuaban con la vista al frente como un zombie, sin reaccionar ni agradecer.

En otra zona de la ciudad, una anciana que supe que se llama Cirila, también iba muy esforzada vendiendo sus dulces al borde de la calle; me inspiró a estacionarme y abordarla.

Además de darle una propina, le pregunté sobre su vida y su casa, sobre su familia y su esfuerzo en la venta; me contó qué medicinas tomaba y sus horarios de trabajo. Le dije que me regalara una foto para invitar a más personas a ayudarla y reunir algo de despensa.

Además de la gente indiferente, en esta región del sur de Tamaulipas abundan otros de buen corazón que siempre responden al llamado para ayudar a los más vulnerables.

Vemos gente afuera de los hospitales, de la Central de Autobuses, llevando una caja con tortas, café caliente, un poco de charla y algunas galletas para interactuar con quienes vienen desde San Luis o de Veracruz hasta los hospitales de Tampico.

Observamos a mucha gente que no necesariamente espera dinero, sino un poquito de comprensión y escucha; alguien con quien desahogarse. Tenemos tanto que dar y no se necesita abundancia de recursos, solo un poco de empatía; dejar de ser indiferentes.

La señora Cirila me regaló un abrazo, con sus brazos delgaditos y sus casi 80 años; regresé al coche con lágrimas y agradeciendo a Dios la posibilidad de aprender de otros, de mirarnos en el espejo de sus ojos y de sentirnos inmensamente afortunados por el don y la capacidad de detenernos. _

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