A la salida de un evento religioso, me tocó presenciar cómo dos ancianos batallaban para descender las escaleras de la iglesia. Uno de ellos portaba un bastón y estuvo a punto de caerse; se detuvo como pudo con el auxilio de una persona y tomó el incidente con humor. El segundo hombre, momentos más adelante, descendió hacia la banqueta, igualmente con una sonrisa, mientras cuidaba de no perder el equilibrio.
Me pareció admirable que, a pesar de su avanzada edad, mantuvieran la energía y el temple para salir a la vida y convivir con sus familiares; que no perdieran el ánimo de disfrutar los momentos más sencillos.
Me sorprendió gratamente la chispa con que ambos encaran las dificultades propias de la edad, mientras que otras personas, más jóvenes, acostumbran quejarse y lamentarse por las mínimas contrariedades.
Es increíble el poder que tiene la óptica con que decidimos tomarnos la vida y las circunstancias: la elección entre enfocarnos en contar todos los faltantes y problemas de nuestro diario vivir, o mirar la parte medio llena del vaso.
Podríamos dar por sentado que el correr de los años fuera acompañado por una lógica disminución de la alegría y el optimismo; pero, para muchas personas, la fortaleza emocional no disminuye en correlación directa con la fortaleza física. Muchos ancianos han encontrado, dentro de sus limitaciones, una mayor cantidad de motivos para sonreír y disfrutar de la vida. Y mientras escribo estas líneas, acabo de ver también a otro señor de la tercera edad, pulcramente vestido y recargado en su taxi, esperando que lo aborde el pasaje; estaba sonriendo y saludando con amabilidad a quienes pasaban.
Vemos a mucha gente también con caras largas y el gesto adusto, y son igualmente respetables sus razones. Cada vida encierra una historia con alegrías y tristezas. Y seguro estoy de que los ancianos que muestran una sonrisa tienen también sus momentos de dolor emocional, porque hay muchísimas variables fuera de nuestro alcance y la cita con las lágrimas, en múltiples momentos, será inevitable. Pero, a fin de cuentas, la edad es, más que nada, una actitud: un rostro que sonríe o una cara que le tuerce los ojos a la vida.