La Inercia Emocional

  • Semillas de conciencia
  • Gabriel Rubio Badillo

Tamaulipas /
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¿Hay cosas en tu vida en las que te sientes estancado? ¿Como si los mismos sucesos se estuvieran repitiendo una y otra vez?

¿O como si estuvieras dando vueltas en círculo sin lograr cambios importantes, por más que te esfuerces?

Probablemente estás viviendo el efecto de la inercia emocional.

Esa inercia es una resistencia inconsciente a cambiar la manera en que percibimos la realidad y muchas de las decisiones que tomamos de manera impulsiva. La inercia es producto de alimentar las mismas emociones, que generan las mismas conductas y, por ende, nos conducen a los mismos resultados. Si esas emociones son de tipo limitativo o paralizante, por lógica van a generar conductas de autosabotaje, con resultados negativos y mucha frustración. Y como estas pautas son inconscientes y automáticas, vamos a achacar los resultados negativos a causas externas, a la mala suerte o a factores fortuitos.

La inercia se mantiene porque no cambiamos nuestras creencias, y eso mantiene las mismas emociones. Los resultados duelen, pero suele ser muy incómodo trabajar en cambiar las conclusiones erróneas que hemos hecho sobre los eventos que hemos vivido.

Pensemos en alguien cuya infancia estuvo marcada por experiencias dolorosas: abandono o frialdad afectiva de los padres… Si no somos capaces de aceptar que la vida es así, a veces muy injusta, y que no se trata de nada personal, podemos desarrollar un sistema de creencias victimizantes que, a su vez, desarrollará en nosotros conductas reactivas y defensivas, capaces de trastornar las relaciones adultas y hacernos sentir que la mala suerte en el amor nos persigue desde niños.

La gente promedio rara vez se cuestiona si no serán sus propias pautas y filtros los que le llenan el camino de espinas; es más cómodo pensar que se trata de un capricho del universo o de que el amor no fue hecho para ellos.

Un pensamiento realista es entender que la vida es así, que así tocaba, que no se puede cambiar, que lo único que queda es perdonar, sanar, mirar hacia adelante y dejar atrás la niñez.

Suena duro, pero es realista: si la vida ya nos arruinó parte de la infancia, es tonto seguir arruinándonos el presente y el futuro por algo que ocurrió hace tantos años.


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