La soledad y la muerte en Tinder

  • Semillas de conciencia
  • Gabriel Rubio Badillo

tampico /

¿Qué tan deplorable tiene que ser nuestra vida emocional y nuestros bloqueos psicológicos, para no poder relacionarnos en vínculos reales con personas reales?

Las redes sociales y diversas plataformas son, con frecuencia, escenarios donde muchas personas se han conocido y han llegado a construir relaciones maravillosas. El amor está en todas partes, y puede surgir en medio de cualquier circunstancia, incluso de la menos esperada.

Sin embargo, cuando nuestra capacidad de relacionarnos con otros se restringe de manera obsesiva y enfermiza a un medio electrónico, ya no estamos hablando de encuentros circunstanciales, sino de un grave problema psicológico.

Llegar al extremo de desdeñar y evitar el contacto real, y empeñarnos en buscar el amor a través de la máscara de una plataforma, es un aviso fosforescente y escandaloso de que nos consumen patologías severas.

El argumento… es que no han tenido suerte en relaciones reales, o que su timidez e introversión, les dificulta el acercamiento con la gente. Y entonces se sienten más cómodos detrás de una pantalla o escondidos en un avatar.

Desde el diván de la psicoterapia se dibuja una realidad más amplia: un miedo brutal al compromiso, un intento de llenar sus vacíos existenciales con una pseudo relación a distancia. Incluso al extremo de conformarse con el vínculo electrónico cuando sus ubicaciones geográficas y su condición económica les vuelve prácticamente imposible conocerse físicamente.

Es lastimoso dejar ir la vida y perderse la experiencia de una pareja auténtica, de una relación real, del contacto físico y de todos los matices emocionales de mirarse a los ojos y tomarse de las manos.

La muerte también se asoma con frecuencia en internet: en un arranque de locura, hay gente que se atreve a tomar un avión para ir a casarse con alguien surgido de la nada y termina cortado en pedazos, sin rostro ni huellas digitales; como ocurrió recientemente con una mexicana de 51 años, que viaja al Perú y se enreda con un psicópata.

Entre el peligro de muerte o cuando menos una estafa, saldría mucho más barato reconocer que tenemos un problema grave para relacionarnos, y solicitar ayuda psicológica. _

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