Los quehaceres y tus hijos

  • Semillas de conciencia
  • Gabriel Rubio Badillo

Tamaulipas /

Una de las preocupaciones centrales de los padres de adolescentes es lograr que sus hijos mantengan en orden su cuarto y sus pertenencias. Es desgastante lidiar a diario con la insistencia de que tiendan la cama, verificar si dejaron la ropa sucia en el cesto o tirada, e incluso recoger platos con restos de comida que se convierten en un festín para hormigas y cucarachas.

Algunos padres, en terapia, me dicen que ellos siempre son ordenados como pareja y no comprenden por qué sus hijos no siguen su ejemplo. Les explicamos que las personalidades son distintas y que muy pocos chicos suelen ser proactivos por naturaleza o desarrollar un sentido de orden y limpieza únicamente a partir del ejemplo. No todos lo logran.

La mayoría de los niños depende, a una edad temprana, del modelo formativo que implica realizar labores de la mano de sus padres. Es necesario y útil ir integrando a los menores en actividades como preparar la comida, acomodar la ropa y limpiar la casa, haciéndolo junto con ellos. Se trata de inculcar en su mente la importancia natural de vivir en orden y de no presentar los quehaceres como un castigo.

Si a un niño pequeño se le acostumbra a diario a participar en la preparación de la comida y a tender las camas, al mismo tiempo que los adultos realizan esas labores, estas se volverán parte de sus hábitos y de su manera de pensar. El error común de muchos padres es hacer ellos los quehaceres mientras dejan a sus hijos sentados con una tableta o corriendo por toda la casa. Esa estructura de hábitos deja clara una idea en la mente del niño: los únicos responsables del orden en casa son sus padres.

Así crecen, y cuando un día los padres consideran que ya están lo suficientemente grandes para colaborar en casa, puede ser demasiado tarde. El preadolescente difícilmente aceptará una idea que para él es nueva y extraña, porque creció con una enseñanza opuesta. Ahí es donde inicia el calvario de los padres: intentan, a destiempo, enseñarle a su hijo hábitos que debieron instalarse desde que caminaba con firmeza. Un niño de tres años ya debería estar habituado a devolver sus juguetes a los cajones y realizar pequeñas tareas de orden en casa. De esta manera, evitaríamos la dificultad de querer reformar hábitos en la adolescencia, cuando ya están profundamente arraigados.


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