A algunos de mis pacientes en Psicoterapia les pido de tarea que visiten y convivan con su familia. Que no dejen que el tiempo y la vida se vayan. Algunas de sus excusas son: “es que pensamos muy diferente”. “Es que siempre chocamos por el carácter que tenemos”. “Es que siempre acabamos discutiendo con algunos temas”. Entre otras.
¿De dónde sacamos que la familia debe pensar igual? ¿Te imaginas qué aburrida sería la vida si todos tuviéramos la misma visión de las cosas? “Señora, yo no la mandé a evangelizar ni a adoctrinar a nadie en su familia. Solo pedí que fuera a visitarlos. Que conviviera. Que platiquen de temas que no generen conflicto”. Es mi insistencia.
¿Que no va porque piensan y son muy distintos? Pues... Quizá lo que esperan tener entonces es un grupo de clones. No una familia. No necesitamos una copia fotostática de nuestro cerebro, necesitamos gente que piense distinto en algo y que coincidamos en otras cosas. Por eso, antes de empezar a preparar todo para la cena de Navidad, pregúntate: ¿qué estás celebrando? Navidad es una conmemoración de la paz y la concordia. Un evento que recuerda que el valor del amor está por encima de todo. Así que antes de hacer filas en el súper pregúntate si tienes a alguien a quién perdonar. A quién pedir perdón. Si es así primero sana eso. No vivas una Navidad en la hipocresía. No hay nada que celebrar si en el corazón existen rencillas para con alguien.
“No quiero que invites a fulana y mengano para la cena”. “Si va a venir tu tía el 24 no cuenten conmigo”. Qué triste extravío el de la gente que no entiende la razón de esa cena. Que sigue anclado a las afrentas del pasado. Que los años le han servido para que el rencor les fermente en el alma y les hace ciego el corazón. Si vas a saltarte a algunas personas a la hora de dar los abrazos, si vas a hacer distingos, mejor no des nada. Es lo más reprobable que puedas hacer.
Quedarte en casa encerrado porque irá gente que no te agrada, es de mezquinos.
Estamos a tiempo de recuperar el sentido real del mensaje del nazareno: “amaos los unos a los otros; como yo os he amado”. La Navidad no tiene sentido si ese mandato no dirige tu vida y tus decisiones.
Navidad sin hipocresía
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Gabriel Rubio Badillo
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