¿Por qué tu hijo no te escucha?

  • Semillas de conciencia
  • Gabriel Rubio Badillo

Tamaulipas /

En la adolescencia, una queja frecuente de los padres es la actitud evasiva y cerrada de sus hijos cuando intentan hablar con ellos o convencerlos de cambiar sus hábitos o reacciones.

Las reacciones de los jóvenes van desde un simple seguirte la corriente o ignorarte, hasta una postura francamente retadora y ofensiva hacia tus órdenes, o incluso una rotunda negativa a seguir instrucciones.

Las causas están relacionadas con factores como la dinámica familiar, la falta de límites, una presencia poco efectiva por parte de los padres desde la infancia, o una dificultad para ejercer la autoridad o para tender puentes de comunicación con ellos.

Pero un hecho innegable y de gran influencia en esta conducta cerrada hacia el diálogo y la comunicación con los padres, tiene que ver con los profundos cambios cerebrales que son propios de esta edad.

El cerebro de un adolescente está altamente bombardeado por estímulos luminosos y auditivos procedentes de las pantallas. A esto le sumamos las transformaciones naturales que generan una tormenta hormonal en su cerebro y en todo su cuerpo, y que van a dificultar de manera significativa el control de las emociones.

Psicológicamente están enfrentando tres importantes retos: la definición de su propia identidad, el establecimiento del sentido de pertenencia y el sistema de creencias o valores, hacia los cuales van a apegarse para formar sus propias ideologías.

Con todo este concierto de situaciones y estímulos, la mente de un adolescente, difícilmente va a abrirse hacia la información persecutoria y repetitiva de los consejos y regaños de sus padres.

Necesitamos tener mucha paciencia, pero no significa que debamos ser indiferentes ni permisivos. Es tarea de los padres identificar el punto medio entre ser pacientes, darle a los chicos su espacio, y al mismo tiempo, no perder nuestras funciones como figuras de autoridad y desarrollar la habilidad de escucharlos sin interrumpirlos ni juzgarlos.

Una comunicación basada más en mensajes, detalles, abrazos y mucho menos en palabras, regaños o gritos, puede darnos mejores resultados en la construcción del puente de acercamiento hacia nuestros hijos adolescentes.


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