En la adolescencia, una queja frecuente de los padres es la actitud evasiva y cerrada de sus hijos cuando intentan hablar con ellos o convencerlos de cambiar sus hábitos o reacciones.
Las reacciones de los jóvenes van desde un simple seguirte la corriente o ignorarte, hasta una postura francamente retadora y ofensiva hacia tus órdenes, o incluso una rotunda negativa a seguir instrucciones.
Las causas están relacionadas con factores como la dinámica familiar, la falta de límites, una presencia poco efectiva por parte de los padres desde la infancia, o una dificultad para ejercer la autoridad o para tender puentes de comunicación con ellos.
Pero un hecho innegable y de gran influencia en esta conducta cerrada hacia el diálogo y la comunicación con los padres, tiene que ver con los profundos cambios cerebrales que son propios de esta edad.
El cerebro de un adolescente está altamente bombardeado por estímulos luminosos y auditivos procedentes de las pantallas. A esto le sumamos las transformaciones naturales que generan una tormenta hormonal en su cerebro y en todo su cuerpo, y que van a dificultar de manera significativa el control de las emociones.
Psicológicamente están enfrentando tres importantes retos: la definición de su propia identidad, el establecimiento del sentido de pertenencia y el sistema de creencias o valores, hacia los cuales van a apegarse para formar sus propias ideologías.
Con todo este concierto de situaciones y estímulos, la mente de un adolescente, difícilmente va a abrirse hacia la información persecutoria y repetitiva de los consejos y regaños de sus padres.
Necesitamos tener mucha paciencia, pero no significa que debamos ser indiferentes ni permisivos. Es tarea de los padres identificar el punto medio entre ser pacientes, darle a los chicos su espacio, y al mismo tiempo, no perder nuestras funciones como figuras de autoridad y desarrollar la habilidad de escucharlos sin interrumpirlos ni juzgarlos.
Una comunicación basada más en mensajes, detalles, abrazos y mucho menos en palabras, regaños o gritos, puede darnos mejores resultados en la construcción del puente de acercamiento hacia nuestros hijos adolescentes.