Tus cinco edades

  • Semillas de conciencia
  • Gabriel Rubio Badillo

Ciudad de México /

Si en tus primeros seis años no aprendiste a ser tú mismo, a reír y a soltarte, tu infancia temprana fue un fracaso. Los esfuerzos de la educación en casa y la escuela, deben dirigirse hacia la plenitud emocional del niño. Es una etapa para desbordarte de espontaneidad, jugar, y creer en los sueños y sentirte intensamente querido y aceptado en familia.

Si antes de los 12 no lograste hacer amigos verdaderos, ser solidario con ellos, sentirte parte de un equipo, pensar y preocuparte por los otros, tu niñez fue un nuevo fracaso. Es la edad en donde nace el sentido del compañerismo y la complicidad, la capacidad para pensar en términos del bien común y no sólo en forma individualista. Son las primeras experiencias del sentido de pertenencia externas a la familia.

Si en tu adolescencia no conseguiste sentirte plenamente seguro de ti mismo, de tu identidad, enamorarte a profundidad y entregar el corazón en una relación sana, asumir autodirección y responsabilidades, con ese tercer fracaso prácticamente tu vida está frita. Mucha gente subestima el poder de las relaciones de pareja o amistades en la adolescencia; si ahí tenemos vínculos desastrosos, nuestra vida adulta será una repetición de esos patrones.

Pero tienes un potencial enorme para tomar decisiones ahora por ti mismo y enfrentarte a los retos de ser adulto; con un profundo trabajo de tres tareas de vida pendientes.

La adultez no sólo es independencia económica y formar una familia; implica sentido de compromiso y responsabilidad de las decisiones. Si nuestros padres en la adolescencia no nos enseñan a dejar de repartir culpas por nuestros actos, seguiremos pensando que la vida nos debe cosas. Es una etapa productiva y de trabajo y, si lo hacemos con inteligencia, habrá tiempo para disfrutar con la gente amada de momentos profundos y de agregar valor a sus vidas.

Saber bajarte de esa vida de prisas y dedicarte a disfrutar en paz la cosecha, es la tarea de la tercera edad. Hay gente que se empeña en no desacelerar y pretenden, sin éxito, exigirse como cuando tenían 40 años; por esa terquedad hay tantas lesiones y accidentes. La sabiduría de la vida es la habilidad para ajustar las velocidades.


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