La fábrica de adictos

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Meta no fue condenada por un veredicto. Aceptó pagar más de 16 mil millones de dólares y someterse a una sentencia por “consentimiento” antes de perder el juicio. No reconoció responsabilidad, pero compró una salida. El litigio no estaba centrado en una publicación, sino en el diseño de las plataformas. En el desplazamiento infinito que elimina la señal para detenerse. En la reproducción automática, las notificaciones, los “me gusta” y el algoritmo que descubre qué vulnera a cada adolescente para mantenerlo frente a la pantalla.

Nada ocurrió por accidente. Instagram y Facebook fueron construidos para capturar atención. Cuanto más tiempo permanece conectado un usuario, más datos entrega y más anuncios vende. La permanencia no es una consecuencia del producto. Es el producto. Cuando el usuario es menor, el negocio es grave. Meta no inventó la necesidad adolescente de aceptación, comparación y recompensa inmediata. Hizo algo más rentable. Convirtió esas vulnerabilidades en variables de ingeniería.

Por eso es falso reducir el problema a la indisciplina juvenil o al descuido de los padres. De un lado está una familia pidiendo que se apague el teléfono. Del otro, ¡científicos de datos calculando qué estímulo impedirá que el menor lo haga!

El acuerdo de la sentencia impondrá límites diarios, bloqueos nocturnos y controles parentales. Son avances, pero el algoritmo personalizado seguirá operando por defecto. Meta contendrá algunos síntomas mientras preserva el motor de su negocio. Para México, la advertencia es clara. Prohibir teléfonos en las escuelas puede ser necesario, pero confunde la puerta con la raíz del problema. El dispositivo es apenas el acceso. Detrás existe una arquitectura concebida para capturar tiempo, extraer datos y moldear conductas.

México necesita configuraciones seguras, auditorías independientes, prohibir el perfilamiento publicitario infantil y sanciones proporcionales. Verificar la edad deberá proteger a los menores sin convertir internet en un sistema de vigilancia. El acuerdo demuestra que las plataformas siempre pudieron modificar su diseño. Faltaba voluntad. Solo comenzaron a proteger a los menores cuando resultó más costoso seguir explotándolos. La infancia no puede ser la materia prima del capitalismo digital.


  • Gabriel Torres Espinoza
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