Elocuente el resultado electoral de Alemania, con AfD, que obtuvo el 44% de los votos y quedó cerca de la mayoría absoluta. Resultaría cómodo explicarlo simplemente como otro episodio del avance de la “extrema derecha”. Pero esa interpretación explica nada.
Alemania, Francia, Italia, Estados Unidos y América Latina presentan realidades políticas muy distintas. Trump no es Milei, Milei no es Bukele, De la Espriella no es AfD. Meterlos en una misma bolsa ideológica sería una simplificación. Sin embargo, existe un parámetro que se repite. En todos estos casos, la impotencia percibida del sistema tradicional se convierte en combustible electoral.
Estamos en una época de electorados con lealtades débiles, pero frustraciones muy fuertes. Durante décadas, los grandes partidos podían confiar en identidades políticas relativamente estables. Las familias votaban socialdemócrata, democratacristiano, republicano o peronista, casi como una pertenencia heredada. Ese mundo se desmorona. El elector contemporáneo cambia, castiga, experimenta y está mucho menos dispuesto a esperar.
El fenómeno ocurre cuando suceden cuatro condiciones. Primero, deterioro económico o miedo a padecerlo. No hace falta estar arruinado para votar con enojo. Basta creer que mañana se vivirá peor. Segundo, una percepción extendida de inseguridad que puede expresarse mediante delincuencia, inmigración, fronteras, violencia o incapacidad del gobierno para mantener el orden.
Tercero, desconfianza en las élites. El ciudadano asume que políticos, partidos e instituciones discuten problemas distintos de aquellos que condicionan su vida cotidiana. Y cuarto, aparece alguien capaz de convertir todas esas frustraciones dispersas, en un relato sencillo. Esta última condición resulta clave. El malestar social no produce automáticamente una revolución electoral. Hace falta alguien que lidere políticamente ese enfado, que identifique responsables y prometa recuperar aquello que supuestamente fue arrebatado.
Trump lo llamó “Make America Great Again”. Milei habló de “la casta”. Bukele enfrentó a “los mismos de siempre”. AfD confronta al establishment político alemán. Y Abelardo de la Espriella construyó en Colombia una división igualmente eficaz entre “los nunca” y “los de siempre”.
Se presentó como outsider, prometió recuperar el orden, endurecer la respuesta contra el crimen y reducir drásticamente el Estado. Pasó de alrededor del uno por ciento en las primeras mediciones, a ganar la Presidencia. La política tradicional lo subestimó hasta que dejó de ser una extravagancia y se convirtió en gobierno.
Cambian países, personajes e ideologías. El procedimiento resulta parecido. Primero se identifica una frustración real. Después se construye un culpable reconocible. Finalmente se ofrece una explicación sencilla para problemas extraordinariamente complejos.
Aquí reside uno de los grandes errores de los políticos tradicionales. Ante el crecimiento de estas opciones “extremistas”, suelen concentrarse en demostrar que sus adversarios son radicales, populistas, autoritarios o incompetentes. Y tienen razón. El problema es que esa etiqueta no constituye una respuesta política a la propuesta radical.
La pregunta oportuna no consiste solamente en determinar qué tan radical es AfD o De la Espriella. La pregunta importante es por qué millones de ciudadanos están dispuestos a votarlos aun conociendo lo que representan. Los políticos tradicionales suelen cometer entonces otro error. Patologizan al elector. Si vota por nosotros es ciudadano responsable. Si vota por los extremos está desinformado, manipulado o resentido. Satanizan al votante y lo tratan como menor de edad.
El problema para los “moderados” no consiste solamente en levantar “cordones sanitarios” alrededor de los extremos ideológicos. Cuando una parte de la sociedad concluye que quienes gobernaron durante décadas ya no comprenden sus problemas, la radicalidad deja de ser un impedimento. Se convierte precisamente en el principal atractivo para votar por un cambio “radical”.
En las democracias rara vez pierden los “moderados” de un día para otro. Primero pierden la confianza. Después aparece alguien dispuesto a organizar políticamente el enojo. Y entonces el desencanto deja de protestar. Gana elecciones y forma gobierno.