México vuelve a exhibir una vieja contradicción. Se prepara para recibir el mundial, mientras una parte creciente de su población vive con miedo. La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI lo confirma. Seis de cada diez mexicanos en zonas urbanas consideran insegura su ciudad. En las mujeres la cifra escala a dos de cada tres.
Jalisco aparece otra vez como síntoma y advertencia. Guadalajara se ubica entre las ciudades con mayor sensación de inseguridad del país con 90.2 por ciento. Zapopan aumentó 16.1 puntos en un trimestre. Puerto Vallarta registró el mayor deterioro nacional con 27.9 puntos. No se trata de un dato menor. Vallarta es una vitrina internacional y uno de los principales motores turísticos de México. Cuando se desploma la confianza ahí, el daño trasciende lo local.
Las autoridades han intentado explicar el fenómeno como una reacción coyuntural a los hechos del 22 de febrero, cuando un operativo federal en Tapalpa desató narcobloqueos, incendios, cancelaciones de vuelos y parálisis económica. Es posible. Pero también es insuficiente. El miedo colectivo no nace en 48 horas ni desaparece por decreto en otras 48.
¿Por qué un solo episodio violento tiene capacidad de alterar la percepción de seguridad en ciudades enteras y golpear mercados, turismo y movilidad? Porque existe una fragilidad estructural. Porque millones de personas saben que cualquier estallido criminal puede inmovilizar carreteras, aeropuertos y barrios completos sin que la autoridad aparezca.
Paradójicamente, mientras crece la sensación de inseguridad también aumenta la confianza en Marina, Ejército y Guardia Nacional. La ciudadanía sigue apostando por las instituciones federales mientras castiga con escepticismo a policías estatales y municipales. Es un voto de confianza, pero también una señal de fracaso civil. Cuando la seguridad depende cada vez más de lo militar, algo profundo dejó de funcionar en lo local.
México quiere mostrarse moderno ante el mundo durante el Mundial. Estadios llenos, infraestructura lista, turismo en marcha. Pero ningún espectáculo internacional puede ocultar indefinidamente lo esencial. Un país no se mide por la ceremonia inaugural, sino por la tranquilidad con la que su gente camina de noche por su propia calle.