La semana pasada el presidente Trump lanzó otra de sus típicas provocaciones. Declaró que el Tratado México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC) “es irrelevante”, que él “ni siquiera piensa en el tratado”, que ellos no necesitan los productos de México o Canadá, y que ellos no necesitan los autos hechos en México o Canadá, y que lo que ellos quieren es producirlos allí, en Estados Unidos.
Para no caer tan fácilmente en las provocaciones trumpianas, es importante entender bajo qué contexto ocurrieron estas polémicas declaraciones. Por un lado, el presidente estadunidense se encontraba de visita en una planta de la empresa Ford en Detroit, Michigan, una ciudad que ha perdido una enorme cantidad de empleos manufactureros debido a la relocalización de la industria automotriz hacia otros países. Por el otro, justo en esos días el primer ministro canadiense, Mark Carney, se encontraba de visita en China para tratar de obtener condiciones más favorables para algunos productos agrícolas canadienses a cambio de reducir los aranceles a los autos eléctricos de origen chino. Este acuerdo representa evidentemente un desafío directo al presidente Trump, al mandar una señal muy clara de intentar diversificar los intereses comerciales de Canadá para reducir su dependencia y vulnerabilidad frente a Estados Unidos.
Estos dos elementos explican en buena medida la agresiva retórica de Trump con respecto al T-MEC. La realidad, sin embargo, es muy distinta. El T-MEC no es irrelevante para ninguno de los tres países. No por nada, tanto México como Canadá siguen teniendo un trato preferencial dentro del programa de aranceles que está aplicando el gobierno de Estados Unidos. El T-MEC es una pieza fundamental para mantener la competitividad de la industria norteamericana en su conjunto y, por lo tanto, para el futuro de la región entera. Por lo mismo, hay que entender las señales y mensajes que tratan de mandar todos y cada uno de los involucrados en este proceso.
La visita de Carney a China, así como el acuerdo comercial alcanzado, pueden parecer un reto directo a Trump y a la integración en Norteamérica. Es, sin embargo, un reto calculado y muy astuto. El acuerdo tiene un efecto más político que económico. La señal es clara: Canadá puede diversificar, si lo desea, sus oportunidades comerciales. Sin embargo, el alcance económico del acuerdo es limitado: Carney negoció la importación con aranceles bajos de solo 49 mil vehículos eléctricos chinos. Esta cifra es equivalente a las importaciones que realizó Canadá en 2024, a pesar de tener un arancel de 100 por ciento a ese tipo de vehículos. En ese sentido, el acuerdo es importar lo mismo que antes, aunque ahora a precios más accesibles para los consumidores canadienses. Por lo demás, esta cantidad representa apenas 3 por ciento de las ventas internas de automóviles en el mercado canadiense.
En última instancia, Carney está dejando la puerta abierta para negociar sobre el resto del mercado automotriz de su país, aunque quiere hacerlo en mejores condiciones políticas. Así, contrario a lo que parece, los tres líderes de Norteamérica en realidad siguen interesados en mantener vivo el T-MEC. Para nadie es irrelevante.