El pasado 17 de enero hubo una reunión extraordinaria en Palacio Nacional: la presidenta Sheinbaum convocó a un grupo de economistas independientes a una reunión con ella y con prácticamente todo su gabinete económico (incluyendo a ocho secretarios de Estado). Los invitados fuimos (en estricto orden alfabético): Ana María Aguilar, Gabriela Dutrenit, su servidor, Fausto Hernández, Juan Carlos Moreno-Brid, Mariana Rangel, Lorena Rodríguez y Héctor Villarreal.
La gran mayoría de los invitados nos dedicamos al trabajo académico: cinco en instituciones públicas (2 en la UNAM, uno en el CIDE, una en la UAM y uno en El Colegio de México) y dos en universidades privadas (ITESM-CdMx e ITESM-Monterrey). La otra persona, egresada del ITAM, labora actualmente en el sector privado (Consejo Mexicano de Negocios), aunque cuenta con una larga experiencia en instituciones de banca central.
Como se puede ver, se trató de un grupo plural y diverso de cuatro hombres y cuatro mujeres. Todos con estudios doctorales en Estados Unidos (UCLA, Universidad del Sur de California, Universidad Estatal de Ohio, Wisconsin y Harvard), Reino Unido (Cambridge y Sussex) y Alemania (Universidad Libre de Berlín). Varios de los invitados cursamos maestrías en instituciones públicas mexicanas previo a nuestros estudios doctorales: 2 en El Colegio de México, 2 en la UNAM y uno más en el CIDE. Las áreas de conocimiento de los invitados también eran diversas: había expertos en economía internacional, cuestiones macroeconómicas, finanzas públicas e innovación y cambio tecnológico.
La invitación era para comentar la situación económica actual en México, así como los riesgos y las oportunidades que percibimos hacia adelante. La reunión de cerca de tres horas transcurrió en un ambiente de libertad y respeto. Todos los invitados tuvimos la oportunidad de expresar nuestras opiniones sin cortapisas ni restricción alguna, excepto, obviamente, por el tiempo. La Presidenta y el resto de los asistentes nos escucharon con atención y, en su momento, opinaron o preguntaron. El tono del intercambio fue propositivo, sin condescendencia, y se reconoció la complejidad del entorno económico nacional e internacional.
Comencé esta columna señalando que la reunión había sido extraordinaria, ya que así me lo pareció. No recuerdo un encuentro similar a lo largo de mi vida adulta. El único caso cercano es cuando acudió Vicente Fox a El Colegio de México a una reunión con académicos. Aquella vez, sin embargo, el encuentro fue para tratar de convencernos de las bondades de su propuesta de reforma fiscal, más que para sostener verdaderamente un diálogo. En general, sin embargo, la institución presidencial en México se ha caracterizado por encerrarse y escuchar poco a otras voces, especialmente a aquellas que no le son del todo afines. “Ni los veo, ni los oigo”, parecería ser la máxima presidencial. No fue el caso esta vez. La Presidenta dio un ejemplo de apertura y de disposición a escuchar a la comunidad académica y a especialistas externos. Lo celebro. Estoy convencido de que mediante el diálogo y el análisis riguroso de la situación actual será posible lograr un México mejor. Enhorabuena.