¿Adiós Trump?

Ciudad de México /

El próximo miércoles terminarán cuatro años de un gobierno oscuro, disruptivo, racista y divisorio, pero no acaba el movimiento que lo originó.

“Podría balear a alguien a la mitad de la Quinta Avenida y no perdería un voto”, insistía Donald Trump casi al inicio de su carrera por la candidatura republicana a la presidencia. Tenía razón: sus seguidores -que, en realidad, eran los seguidores de un conjunto de medios de comunicación dedicados a erosionar la presidencia de Barack Obama desde el inicio- compartían con él una visión alterna de la Unión Americana: un país dañado por la diversidad, con crisis económica creada por factores exógenos y amenazado por el socialismo encarnado por demócratas que conformaban una burocracia en crecimiento en Washington.

Trump logró -aceitado por el ecosistema gobernado por Rupert Murdoch- posicionarse como el antihéroe de la película. Sin necesidad de un prompter que le sirviera de guía, recuperaba los largos discursos que solo versaban en una idea básica que rotaba conforme viajaba: migración, corrupción, economía, persecución. Así hasta la náusea. Pero funcionaba.

Trump logró la atención mediática durante los cuatro años de su periodo a niveles enfermizos, horas y horas de programas de análisis, emisiones de radio, mesas de debate, editoriales y tweets, millones de tweets a su favor y en contra. Foco de atención que alejaba el reflector de las acciones benéficas y los terribles problemas que dejaba a su paso.

Y llegó la pandemia.

La realidad fue más fuerte que los 240 caracteres. Trump intentó construir una y otra vez una realidad donde el virus fuera también su enemigo, casi casi como si el Sars-CoV-2 fuera demócrata. Los casos, los hospitales rebasados y las muertes, cientos de miles de muertes pesaron más que su demagogia para un sector de la población.

75 millones de norteamericanos creyeron y creen hasta el final en su palabra. Renuente a aceptar la derrota, inyectado no solo por rencor sino por la idea loca que podía, desde la presidencia, perpetrarse, Trump se aferró a la idea de revertir el resultado en las cortes, en los medios, en las redes, en la mente y, al final, en la fuerza militar o paramilitar accionada contra quien quisiera actuar de forma contraria.

Aun esta semana, la maquinaria afín a su política siguió en su defensa pese a las evidencias antidemocráticas presentadas durante los últimos días. Escondido en el segundo piso de la Casa Blanca la mayoría de los últimos días, Trump pareciera un paria político que rumia el final de su presidencia.

Pero, de nuevo, no el final de su movimiento.

Una y otra vez, en mensajes lanzados desde canales alternos al verse amputado de su acceso digital, redes e impunidad virtual, Trump insiste en hablar no de su partido, no de sus senadores o representantes sino de movimiento que tendrá voz y acción después de su salida. El miércoles, antes de ser juzgado por el Senado, lanzará su campaña por la presidencia en 2024 y, de ser impedido, hablará de cómo el establishment ha hecho todo para dañarlo no a él, sino a su movimiento.

Le creerán y los canales de televisión y las páginas de los periódicos y las redes seguirán hablando de él. Será la sombra de Biden alimentada por los mismos que lo alimentaron para ser la de Obama hasta llegar, una vez más, a la Casa Blanca.

Si antes no pisa la cárcel.

Como sea, el movimiento trumpista apenas comienza y apenas se radicaliza. Sin tener los tensores republicanos que lo detengan, esos personajes que, en cientos, intentaron tomar el Capitolio, intentarán conquistar el poder para defender sus valores, su distorsionada visión de Estados Unidos.

En el camino, se llevarán al país.

Pero eso no importa ya.

@goliveros

  • Gonzalo Oliveros
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