El martes en la tarde, los sistemas de Sky Alert Storm alertaban de algo que advirtieron desde hace semanas: la posibilidad de que un meteoro mayor tocara la costa del Pacífico mexicano era ya una realidad.
De hecho, sus cálculos fueron más allá y advirtieron -a diferencia de lo que anunciaba la Dirección de Protección Civil Federal- que el impacto sería un poco después de la medianoche
Por desgracia, el gobierno no tiene Sky Alert ni estrategia.
Cientos de turistas -el 50 por ciento de la ocupación posible en Acapulco- se fueron a sus habitaciones la noche del 24 sin tener idea de lo que vendría horas después. De hecho, los trabajadores de los hoteles recibieron nada más la advertencia de trabajar dobles turnos por si se tenía que trapear áreas públicas como una tormenta tropical cualquiera.
López Obrador mandó un mensaje en redes a las ocho de la noche, esperando que los medios de comunicación locales y nacionales lo replicaran -tan acostumbrado a que su voz se magnifique de forma artificial por medio de las redes pagadas de su vocería-. Algunos medios completaron sus noticieros nocturnos con la emergencia. Otros debían cubrir el drama desarrollado por los legisladores de la 4T al aprobar la desaparición de los fideicomisos que cubrían pensiones y servicios médicos de los trabajadores del Poder Judicial de la Federación.
Para la medianoche, Otis azotaba los hoteles, calles, viviendas, negocios, changarros y tugurios en Acapulco, siendo la zona Diamante la más afectada. Los altos edificios de departamentos sintieron la potencia con mayor intensidad a partir de la magnificación por altura de la velocidad.
El huracán pasó rápido pues aumentó la velocidad. Lo que quedó es una destrucción como la que no había experimentado Acapulco en su historia. Lo que no hizo el narco, el crimen y el olvido lo logró la naturaleza en 180 minutos: terminar con un destino turístico.
El problema no es el dinero ni la eliminación del Fondo de Desastres -cierto, el presidente siempre consigue dinero a partir de decisiones chuecas y poco morales avaladas por su poder legislativo-, en realidad el problema es la displicencia, la mediocridad, el poco mérito y talento para poder ayudar a la población afectada y, por supuesto, ayudar a prevenir a partir de datos certeros, duros, confiables para tomar decisiones.
Las últimas 72 horas el gobierno ha mentido en infinidad de temas: el aeropuerto de Acapulco quedó con una torre de control dañada, los 11 mil millones de pesos que existen de Bono Catastrófico no ayudarán ni al arranque de la reconstrucción, los 300 miembros de la Guardia Nacional que apenas el martes se enviaron a Coyuca de Benitez -masacrada por la tormenta de la inseguridad- brillan por su ausencia y la gobernadora es convidada de piedra ante su ausencia, incompetencia y frivolidad.
Eso, sin contar con un presidente que cuestionaba a los mandatarios que visitaban zonas de desastres ‘por publicidad’ y que, hoy, lo único que hizo fue un photo oportunity en una zona de desastre al lado de su hijo
Mediocridad también es ser corrupto… y en este caso, costó vidas.