Hoy inicia la Copa del Mundo, esa que muchos esperaban con ansia desde hace ocho años y que, hoy, parecen despreciar.
No es pera menos, la ilusión mexicana de echar desmadre en el estadio (cualquiera de los tres participantes en la república) se desvaneció al ver los precios -elevados, exorbitantes e inaccesibles para un gran sector de la población- y las restricciones que la FIFA le ha puesto a todo el Mundial.
El golpe es significativo para el mexicano. Cierto, los Estados Unidos también tuvieron un mundial antes como nosotros tuvimos dos, pero los matices son diversos. El poder adquisitivo del norteamericano es infinitamente mayor que el mexicano que, además, es azotado por una crisis económica silenciosa que no la quiere reconocer el gobierno y gran parte de la sociedad. El dinero no alcanza y los precios suben, la economía no crece y la deuda va para arriba.
Y sí, la nostalgia del 70 y el 86 pesan. Ambos mundiales eran no propiedad de los mexicanos, sino del gobierno el primero y de Televisa el segundo, pero por lo mismo, la inyección artificial de entusiasmo acababa por contagiar a la mayoría.
En el primer juego de México en el Azteca, recuerdo que tarde nueve horas en llegar a mi casa desde Polanco hacia el sur de la Ciudad de México. El triunfo ante los belgas fue inesperado e hizo que los chilangos se desbordaran en una catarsis necesaria luego de la tragedia de los sismos nueve meses atrás. Con las dos anotaciones de Quirarte y Sánchez, los capitalinos se olvidaron hasta de De la Madrid y Aguirre -el regente, no el entonces jugador- o, por lo menos lo pusieron en un cajón por unos cuantos meses.
Esos festejos fueron los que llevaron al envallamiento del Ángel de la Independencia, luego que unos vándalos rompieron algunas de las estatuas que se encuentran a su alrededor. La mañana siguiente, Guillermo Ochoa (ese padre postizo que inventó Emilio Azcárraga para las mañanas del canal 2) regañó a la población por los disturbios sucedidos a partir del festejo.
Hoy, la historia es otra. No hay una Chiquitibum un himno que sirva para unificar a la población así sea en la broma, no existe una mascota que sea un albur, no existe el grupo Copal para decir que México recibe a sus amigos.
Al contrario, hay cervezas caras, festejos controlados, indignación. La FIFA no entendió que los mercados son distintos y que el tratamiento en México debía ser diferente a los de sus dos socios.
Tampoco lo entendió el régimen actual. Sheinbaum alegaba, para intentar suspender el Gran Premio de México, que no quería eventos elitistas.
La Copa del Mundo se volvió eso, un evento elitista y lejano para los mexicanos y ella no hizo nada para detenerlo.
Curioso es ver a los morenistas en Jalisco criticando las obras y las vallas. Mismas vallas que existen en la capital y que, mientras escribo, tienen en vilo al Fan Fest del Zócalo, territorio cuyas entradas están secuestradas por la CNTE.
La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación de la mano de un Marx Arriaga herido cumplió su promesa. Sheinbaum les prometió derogar una ley que costaría siete puntos del PIB quitar y que, de hacerlo, cedería a los líderes de la Coordinadora una cantidad insultante de dinero.
Ahora, con los mismos -y correctos- argumentos de Zedillo y Calderón, la presidenta y su equipo de inútiles funcionarios, intentan frenar los afanes de una organización que nunca ha visto por la educación sino por sus ambiciones. Bonito momento en donde no existe ni un conductor de televisión que asuma el papel de padre putativo y dé un sermón que sacuda la conciencia nacional.
Las tres ciudades tienen sus retos. Brugada tiene encima una sarta de presiones y grillas morenistas que no la dejan avanzar. Monterrey vive en la disputa entre De la Garza y Samuel que, ya se vio, quiere a su esposa de próxima gobernadora naranja en un enorme impudor que le es necesario para candidatearse al 20230.
Y Guadalajara vive una situación Sui generis. Entregó lo expuesto -no necesariamente lo prometido- y, de las tres, es la más adelantada en obra pública con pretexto de la copa. Aun así, su alcaldesa -y, de colofón, el gobernador que le ha surgido una pulsión de Charles Atlas peculiar- es atacada con una agenda de mirilla corta.
Cierto, habrá quienes no quieren hacer la comparativa con las otras dos ciudades sino con la expectativa creada a partir del Mundial. ¿No llegaron los turistas esperados? Al parecer no, más por los juegos que tocaron y los precios que por situación de seguridad.
¿La lluvia causará estragos? Seguramente, la inversión hídrica no ha sido la mejor en décadas y será un problema en las tres sedes.
¿Habrá discordia y pleito? En todo el país.
Pero la oportunidad aun existe. Incluso después del Mundial.
Alguien tendrá que tener visión de verla y aprovecharla, más allá del ataque electoral de los políticos y sus aliados mediáticos.
Disfruten el mundial. El último que hubo en la ciudad fue hace 40 años.
En una de esas, este será el último.