Conocí a Marcela Turati en la Universidad Iberoamericana, habíamos estudiado unas materias juntos en el transcurso de la carrera. Casi al final de la misma, nos reencontramos en el subsistema de periodismo de la Ibero que tenía como maestros a Carlos Marín, Raymundo Riva Palacio y René Delgado en el proceso del periodismo tradicional -en ese entonces, el escrito- y Miguel Rico que se incorporaba como tutor en periodismo radiofónico.
En esas clases, Marcela se convirtió en reportera del periódico que, como materia, debíamos hacer como alumnos. Se llamaba la Buhardilla y mi labor como Jefe de Información era construir los caminos para desafiar a los reporteros. Por lo menos eso fue lo que construí.
Turati nunca tuvo miedo a las asignaciones desde entonces, como tampoco cuando se convirtió en reportera de temas ambientales y religiosos en Grupo Reforma o en su salto a Excélsior a cubrir Derechos Humanos.
Su reporte llevó al diario a ganar un premio internacional, pero eso no detuvo a Marcela cuando pensó que era una injusticia los recortes planteados y los sueldos ofrecidos al cuerpo periodístico por realizar labores multimedia. Renunció: ese tipo de tratos era los que, en congruencia, no podía aceptar.
Se convirtió en periodista independiente que publicaba en medios donde le dieran la libertad de explorar la injusticia y la explotación, la corrupción y el abuso, el poner el reflector en la mentira para que no se repitiera.
Marcela Turati se sentó el miércoles al lado de Alejandro Encinas. Ahí, se creció al ritmo del enchaparramiento del Subsecretario de Gobernación. Ante los pretextos del poder, Turati recordó las razones para señalar los yerros y recordar que la obligación del Estado es proteger al periodista que evidencia el error, no perseguirlo por rencor o divertimento.
Encinas no vio con felicidad la cartulina que le pusieron enfrente donde le recordaban le deuda pendiente que la Cuarta Transformación tiene con mujeres periodistas en particular y con la sociedad mexicana en general, por más que se maquillen cifras y los números sean juguete de las conferencias oficiales.
Mientras Marcela Turati hacia un desplante de dignidad ante la hipocresía del gobierno actual, las redes desnudaban la realidad que experimentamos: muertes de periodistas amenazados por el crimen organizado, olvidados por un gobierno cada vez más cerca de su fracaso e implosión.
A la mitad, los sicofantes, desnudados en sus mentiras y su frivolidad. Publicaciones que hacen investigaciones a pedido del poder a partir de millonarias inversiones publicitarias lejanas de su influencia y tiraje o, en el peor de los casos, gestores disfrazados de periodistas que viajan y visitan tiendas y supermercados acompañados de escoltas otorgados por un subsecretario Encinas cada vez más insignificante en su presente y alejado de su pasado de luchador social.
Así, el sexenio va emparejado con su prensa, llena de fisgones, epigmenios, moléculas y serranos. Mentirosos, propagandistas, pagados y frívolos.
No, no son iguales.
Son más feos.
Gonzalo Oliveros