Hoy, el gran reto es que esa vida en colectivo se mantenga fuerte en una ciudad que crece muy rápido. Tizayuca se ha convertido en punto de llegada: nuevas familias, nuevos trabajos. Ese crecimiento trae oportunidades, pero también una tarea urgente: construir un “nosotros” que incluya a quienes siempre han estado
Nací en Tizayuca y crecí viendo cómo una ciudad con raíces profundas puede cambiar su dinámica en muy poco tiempo. Mi generación aprendió a moverse entre dos realidades: la del barrio donde todas las familas se conocen y la de los nuevos fraccionamientos donde aún están en el proceso de hacer comunidad. Entre una y otra, entendí algo que hoy, en el bicentenario del municipio, vale la pena poner sobre la mesa: la identidad no se hereda sola; también se construye, se cuida y se promueve.
Celebrar 200 años de vida municipal nos sirve para mirar de dónde venimos y decidir hacia dónde vamos. Nuestra historia tiene un registro concreto: el 15 de febrero de 1826, en la “Memoria” presentada por Melchor Múzquiz al Congreso del entonces Estado Libre de México (recordemos que el estado de Hidalgo no se erigiría sino hasta 1869), Tizayuca aparece reconocido como ayuntamiento en ejercicio, bajo el marco de la Constitución Federal de 1824. Desde entonces, este territorio ha sido una comunidad que se organiza para discutir y resolver sobre lo público.
Hoy, el gran reto es que esa vida en colectivo se mantenga fuerte en una ciudad que crece muy rápido. Tizayuca se ha convertido en punto de llegada: nuevas familias, nuevos trabajos, nuevas dinámicas. Ese crecimiento trae oportunidades, pero también una tarea urgente: construir un “nosotros” que incluya a quienes siempre han estado y a quienes acaban de llegar. Porque cuando una ciudad crece sin vínculos, aparecen la indiferencia, la desconfianza y el “cada quien por su lado”. Y una ciudad así se vuelve frágil.
Aquí es donde las y los jóvenes somos clave. No solo como “futuro”, sino como presente: somos quienes estudian, trabajan, emprenden, organizan, crean cultura, hacen deporte, construyen comunidad en redes y en la calle. Somos puente natural entre generaciones: podemos escuchar a quienes han sostenido nuestros barrios y pueblos tradicionales con faenas y asambleas, y al mismo tiempo entender a quienes llegan buscando un hogar y una vida mejor. En nuestras manos está transformar la diversidad en convivencia, y la velocidad del cambio en un proyecto compartido.
Este bicentenario puede ser esa gran conversación intergeneracional: que las abuelas y los abuelos cuenten la historia del barrio, que las madres y padres hablen de cómo se levantó la colonia, que las juventudes digan qué ciudad quieren habitar en 10, 20 o 25 años. Que la tradición sea nuestra guía. Que la modernidad sea oportunidad. Que haya orgullo por las raíces y apertura para el encuentro.
Tizayuca puede ser una ciudad donde las familias que siempre han estado abracen a quienes han llegado, y donde quienes han llegado honren el lugar que los recibe. En eso se juega el siguiente capítulo de nuestra historia: una identidad viva, incluyente y fuerte, capaz de orientar el crecimiento con base en la comunidad.